Cultura

martes, noviembre 17, 2020

Los coros del Tolima II

Especial para El Cronista.- Como en el siglo XIX, cuando los escritores publicaban novelas por entregas a través de los periódicos locales, seguimos nuestra historia de Los Coros del Tolima. Por: Carlos Pardo Viña
Los coros del Tolima II

En el Conservatorio había ricos y pobres, distinguidos y humildes, blancos y morenos, nativos y forasteros. Se cita, en las anécdotas, la historia de un coralista barítono que la víspera del viaje estuvo atendiendo su negocio de carnicería en la plaza principal del mercado de Ibagué, y 24 horas más tarde era ovacionado en el Colón, en 1948, entre el 18 y el 22 de junio.A partir de este año, fueron muchos los recuerdos que, plasmados en el alma, trajeron a Ibagué los integrantes de los coros.

El último mes de este año mágico, los coros vuelven a Bogotá al teatro Colón. En esta visita se rompieron todas las tradiciones de serenidad, de compostura, de ambiente cortesano, y se dio campo a los pañuelos blancos, a los gritos de bis, y a las aclamaciones entusiastas: los coros se habían convertido en la gran vedette de la época.

A principios del año 1949, las masas corales dan inicio a la semana pro gira del Conservatorio al exterior en una correría que proyectan como acercamiento cultural con los pueblos americanos. Diferentes actos antedestacados elementos del comercio, la indus­tria, la banca y centros culturales de la ciudad, prometían una semana esplendorosa. Y así fue. Sin embargo, los fondos fueron insuficientes y los integrantes de los coros se vieron obligados a vender periódicos por las calles de la ciudad con la esperanza de conseguir los recursos necesarios para el viaje soñado desde su primer concierto en Bogotá.

Daniel F. Moor, organizador del Club de Leones, cubano y coordinador del Leonismo para los países bolivarianos, insistiría en el viaje de la embajada tolimense a Cuba y Estados Unidos. "Creo - decía para el diario El Espectador que el gran conjunto artístico de la capital del Tolima es la entidad más llamada a dar a conocer internacionalmente el gran filón de la música folclórica de este culto país".

Los preparativos culminaron y la ciudad vivió, en la madrugada del 6 de julio de 1949, uno de los momentos más emocionantes durante la despedida de las masas corales del Conservatorio. Fijada la partida del convoy expreso para las tres de la mañana, desde una hora antes empezaron a llegar a la estación ferroviaria gentes de todas las clases sociales, deseosas de manifestar su cariño y simpatía a los coros regionales.

Poco antes de partir, Amina Melendro de Pulecio, quien perteneciera a la junta del coro, declaró que "a pesar de las muchas dificultades con que hemos tropezado y que ya son del dominio público, nosotros vamos confiados en nuestra buena estrella".

En Bogotá, seis aviones Douglas de la empresa Lansa, los habría de conducir a La Habana, realizando una escala en Barranquilla para ofrecer un concierto en un teatro local donde fueron ovacionados hasta el cansancio. La gira incluía una visita a Nueva York con el fin de asistir al Congreso Leonístico Internacional y luego a Washington en donde se daría un concierto especial al presidente Truman.

El Diario de la Marina, de Cuba, inició un despliegue sin precedentes a la llegada de los coros aquel viernes 9 de julio. "Ciento veinte voces que nos acercan más a la hermana república", "Colombia envía cálido saludo a través de su embajada musical", fueron titulares de primera página en el periódico cubano. Durante el sábado y el domingo, sendas presentaciones en el teatro Martí, pese a no contar con una acústica adecuada, dieron posibilidad al público cubano de gozar con la bella calidad de las voces femeninas y masculinas de nuestros coros.

El programa se inició con el Quiéreme mucho del cubano Gonzalo Roig, arreglo para voces masculinas en el cual se destacaron los solos de José Pérez, González Valencia, y Darío Garzón. Luego la habanera Tú y, más adelante, La guabina, El Bunde, Trapiche Galerón llanero, acompañado del O solé mio, que fue­ron motivo de ovaciones repetidas entre el público cubano.

El lunes realizaron un concierto frente al presidente cubano, Carlos Prío Socarras, y el martes 12, en el anfiteatro nacional en una presentación como homenaje al alcalde mu­nicipal Nicolás Castellanos, abrieron las puertas para que fueran declarados huéspedes de honor de la ciudad de La Habana.

En septiembre de 1952, el entonces periodista de El Heraldo de Barranquilla, Gabriel García Márquez, recordaba esta visita. "Cuando en el exterior empezó a hablarse de La Múcura -la popular canción colombiana-, hacía mucho tiempo que en el país nadie trataba de cargarla ni de averiguar si estaba llena de agua o de ron blanco. Pero fue suficiente con que en Cuba, en México y en los países de Suramérica La múcura se pusiera de moda, para que en Colombia se armara una tremenda controversia judicial entre sus pretendidos autores. La pieza volvió a ponerse de moda cuando las masas corales de Ibagué hicieron su presentación en la universidad de LaHabana. La sala, de bote en bote, pidió el tema. Los coros la cantaron y la audición terminó en baile, pues por lo visto los estudiantes cubanos no lo piensan dos veces para sacar pareja”.

El Diario de la Marina publicaría 14 días más tarde de la llegada de los coros, una de las crónicas más bellas que se han escrito de nuestros coros en tierra extraña.

"Al atardecer en La Habana, la alegría tropi­cal tiene su centro en los bullangueros cafés de paseo del Prado y Martí. El estrépito de las orquestas apaga todo ruido callejero y la gente se apretuja en los estrechos huecos que dejan las mesas para gozar de las voces sensuales de los cantantes. Pero hoy no es la pétrea mole del capitolio la que retiene las miradas, sino el desfile interminable de mujeres airosas, juncales, que caminan llevando el ritmo de la música en las caderas móviles.

Hoy, en esa calle, amigos, el Bunde, el bambuco y la guabina, desplazaron la música negra de la rumba, la conga y la guaracha, y actualizaron al hermano mulato, el porro. Las notas de El pescador marcarán el paso de las hembras frescas y esa regadera musical quees el micrófono dispersará por los aires la letra que habla de otra patria. Quizá entonces serán otras muchachas las que provoquen los silbidos admirativos y los piropos atrevidos pero llenos de gracia, en el paseo del Prado y Martí.

Quizá algunos, para descansar, prefieran ir al malecón, andar despacio de la aduana al ca­sino, viendo la luna rielar en el espejo quieto de las algas marinas, observando el Castillo del Moro, admirar el monumento a Máximo Gómez, el general que vio morir en un luminoso día de mayo a Martí, cuando desembarcaba en Cuba peleando por la libertad; o detenerse ante el monumento de los mártires del 71, y la estatua de Antonio Maceo. Pero aún allí no quedarán libres del contacto con otra patria. De los teatros, del Automóvil Club, del Unión y del Hotel nacional, saldrán los Blindes empujados por la brisa marina hasta perderse en el mar, surcado por barcas que cortan lentas las aguas con trepidar de motores jadeantes. Igual que en Sans Souci, Carablanca y Zombie, donde las parejas están tratando de acomodar sus pasos a los ritmos del maestro Castilla.

La emoción de vuestra gira no terminará al morir el aplauso de la despedida. El arte hará que viva para siempre, adherida a las notas de un canto que ahora repetirán cuatro millones de voces cubanas. De Pinar del Ríoa Santiago, como una rosa de los vientos que marcará para Colombia la ruta de la fama, al cumplir la primera etapa de un itinerario sin retorno".

Y es que no existían palabras para describir el inmenso entusiasmo que la ciudadanía cubana brindó al conjunto coral tolimense cuando salió de Cuba. Cables de prensa inundaban los diarios colombianos dando testimonio del inmenso triunfo de la embajada.

De allí a Washington, en donde fueron recibidos como reyes en los tres conciertos que presentaron: uno al aire libre en los bajos del suntuoso edificio Watergate, famoso años después por el conflicto que llevaría a la renuncia del presidente Nixon en el país del norte; otro en los jardines aztecas de la Unión Panamericana y el último en el Reed Army Hospital.

Cromos publicaría como titular, las palabras de un corresponsal colombiano en Washing­ton: "Nunca Colombia se ha hecho sentir por aquí como en los casos de Miss Universo y los Coros del Tolima".

Otro triunfo se había concretado. Quizá nadie lo imaginó cuando se presentaron 12 años atrás en Medellín en el Segundo Congreso Nacional de la Música, pero los coros se habían convertido en la manera más bella de hacerpatria en el exterior.

El viaje de la embajada cultural fuera de la patria, valía por cincuenta años de diplomacia colombiana. El único lunar de la gira fue la vergonzosa actitud de la entonces represen­tación de Colombia en Cuba: ninguna atención oficial de la embajada para los coros. De todas maneras, la música habló más que los comunicados estatales.

Los integrantes de la delegación fueron recibidos como héroes en Ibagué. El 22 de julio el alcalde declaró día cívico y ordenó a los dueños de casas particulares, edificios públicos y privados en el sector comprendido entre las calles 19 y 6 y entre carreras segunda y tercera, que sus construcciones fueran engalanadas con gallardetes, flores y cintas alusivas al acto.

Alfredo Squarcetta, director, y Amina Melendro de Pulecio, promotora incansable, fueron catalogados ese año protagonistas indiscutibles no solo del departamento sino en toda Colombia.

El 14 de marzo de 1950, mediante decreto 317, doña Amina Melendro era nombrada subdirectora y Darío Garzón, asesor parapreparar coros, además de suplente del direc­tor de cuerdas típicas y profesor de canto en las escuelas urbanas.

Durante los meses siguientes, problemas de orden visual aquejarían al maestro Squarcetta quien tendría que viajar a Europa para someterse a una delicada intervención quirúrgica. La correspondiente solicitud de auxilio se gestionó ante la Caja de Previsión del Tollina y se pidieron cinco mil pesos para el viaje del maestro, teniendo en cuenta su condición de empleado oficial como Director Artístico del Conservatorio. La Caja negó la solicitud argumentando que se necesitaba legalizar la entrega de fondos mediante una certificación médica que estipulara el riesgo que correría la vida del artista si era operado en Colombia.

Luego del viaje del italiano en el mes de junio, los coros debutaron en Bucaramanga a cuyo aeropuerto salieron a recibirlos autoridades civiles, eclesiásticas y militares. Ambalema, Honda, Líbano y Buga, como parte de diversas festividades, serían nuevos puntos claves en la gira que permitió, para los coros, una cosecha de éxitos a lo largo y ancho del territorio colombiano.

Durante este año, y pese a los diferentes conflictos existentes en el país debido al inicio de la violencia bipartidista de mitad de siglo, el Conservatorio inició clases de solfeo y lectura musical a los profesores y maestros de los colegios y escuelas oficiales del municipio, además de cursos pequeños de historia y música foránea, habilitando una de sus salas como auditorio donde se escuchaba todo tipo de música extranjera con su correspondiente explicación.

Profesores de la talla de Oscar Álvarez, en flauta, teoría y solfeo, además de flautista concertino de la orquesta y del quinteto de cámara; Fernando Amaya, copista; Francisco Rojas, contrabajo, lectura, teoría y guitarra; Bernarda Ossa, solfeo y teoría de la sección infantil al igual que Ligia Bonilla; Fanny de Ciociano, solfeo, asesora de coros y suplente del director de ballet; Darío Garzón, y José Ignacio Camacho, asesores; Carlos Rodríguez, profesor de maderas ycobres; Prisciliano Sastre, de solfeo superior, armonía y contrapunto, y una planta directiva liderada por Squarcetta y doña Amina, continuaban una labor minuciosa y persistente.

En diciembre, durante la clausura de labores de 1950 y con la asistencia de autoridades departamentales y municipales, se llevó a cabo un programa bajo la rectoría artística de César Ciociano quien reemplazó temporalmente a Squarcetta. El evento no pudo ser mejor. La sala Alberto Castilla se engalanó con el mejor concierto de flauta y violonchelo, a cargo de Oscar Álvarez y Fanny de Ciociano, las masas corales infantiles, Darío Garzón, Ligia Bonilla y el tenor Gonzalo Valencia, esposo de Leonor Buenaventura.



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