Crónicas

miércoles, noviembre 11, 2020

Los coros del Tolima I

Iniciamos con esta entrega una serie de cuatro crónicas escritas por el novel escritor y periodista Carlos Orlando Pardo Viña, sobre la historia de los Coros del Tolima, una legendaria institución que marca un hito en el espíritu musical de nuestro departamento. Especial para El Cronista.
Los coros del Tolima I

Muchas personas que leyeron mi columna sobre los coros del Tolima han solicitado a El Cronista, nombres y fechas. Seguramente, muchos de ellos han escuchado en su tradición oral familiar que sus padres o sus abuelos o sus tíos, hicieron parte de esta historia. Por invitación del director Humberto Leyton, intentaremos recorrer, en varias entregas, el itinerario de los coros. Estos artículos hacen parte de una investigación que emprendí hace más de 20 años, en busca de eso que nos hace la Ciudad Musical de Colombia. Gracias a esa investigación he publicado artículos en revistas académicas y en libros como la Itinerario de una hazaña, Historia del Conservatorio del TolimaArte y Cultura, libro publicado por la Academia de Historia del Tolima. y el que está a punto de ser publicado por la Universidad del Tolima: Memoria de una identidad: Ibagué Ciudad Musical 1850-1950, que ganó el Premio de Investigación Cultural alcaldía de Ibagué 2020.

Desde 1908 hay noticias de los Coros del Tolima. En 1910, por ejemplo, el grupo estaba conformado, de manera mixta, por Guillermo Quevedo, Conchita Lamus, Juan Estrada, Carlos Jiménez, Armando Valenzuela, Alberto Sáenz, Miguel Ángulo, Raúl Paz, Julio Galofre, Luis Enrique Ángulo, Carlos Julio Montalvo, Miguel I Buenaventura, Francisco Lamus Obando, Antonio Galindo, Jesús María García, Leónidas Cárdenas, Eustorgio Cleves, Hernando Jiménez, Vicente Rengifo, Manuel Cuervo, Balvino Guzmán, Josías Domínguez, Alberto Castilla, Victoria Caicedo, Raquel Melendro, Isleña Vela, Diva Melendro, Teresita Suárez, Inés Buenaventura, Sixta Tulia Caicedo, Concha Gallego y Raquel Casas. Quizá todos sus integrantes nunca imaginaron que estaban dando el primer paso a una de las épocas más brillantes del Conservatorio y del Tolima, pero tampoco pensaron que 86 años después de sus primeros intentos, las masas corales detuvieran su trabajo por falta de un director.

Los coros masculino, femenino y el de niños, el famoso "muñequero", que fueran institucio­nalizados en la década del 30, tuvo su mejor época cuando se presentaran en Medellín en el marco del II Congreso Nacional de la Música, bajo la batuta del maestro Alfredo Squarcetta.

Floro Saavedra en una nota publicada en la entrega 52 y 53 de la revista Arte, en 1979, afirmaba que la empresa, en lo que él llama segunda época del Conservatorio, luego de su creación a inicios del siglo, "necesitó de apos­tolado, requirió bondad suma, elevado patrio­tismo y pensar y obrar como un dios laico. De todo esto fuimos testigos".

Luego de la muerte de Castilla, la prensa local se debatía entre apoyar al maestro Guillermo Quevedo o al italiano Alfredo Squarcetta, en la dirección del instituto; sin embargo, en mayo de 1938, el maestro Quevedo presenta su renuncia, asumiendo Squarcetta el mando del plantel por casi una década.

Así, en febrero de 1941, Squarcetta era direc­tor general del Conservatorio, profesor de pia­no superior y director de la orquesta y las masas corales con un sueldo de doscientos setenta pesos mensuales. Dos años más tarde sólo ejercería la dirección artística luego del decreto 116 de dicho año, que nombraba a Jesús Bermúdez Silva como director general del claustro con una asignación mensual de doscientos veinte pesos.

Jesús Bermúdez Silva fue un eminente pedagogo y diestro en la batuta. Nació en Bogotá el 24 de diciembre de 1883 y murió allí mismo en 1958. Se inició en la música con los maestros José María Prado y Guillermo Holguín en el Conservatorio Nacional de Bogotá, con quienes cursó solfeo, armonía y violín. Por su dedicación y adelantos fue incluido en la orquesta de la institución y en la recordada Unión Musical. En ésta impulsó algunas de sus composiciones como Cuento de hadas Torbellino de mi tierra.

En el mismo decreto se confirman algunos nombramientos, entre ellos el de Salvatore y César Ciociano, profesores de dirección, materias de teoría y práctica musical; Julio Fa­jardo, director artes plásticas, y el de la señora Josefina Acosta de Varón, como directora de la sección infantil y del famoso Muñequero, que en 1939 estaba integrado por Humberto Torres, Hernando Isaacs, Andrés Mutis, Jorge Tobar, Alberto y Enrique Isaacs, Graciela Guzmán, Carmen Alicia Viña, Luz Palacio, Ayda Saavedra, Luz Neira, Elena Melendro, Beatriz Pulecio, Margarita Torres, Olga Perdomo, Belén Caicedo, Ligia Lozano, Stella Hurtado, Paulina Hakim, Beatriz Tobar, Isabel Parra, Beatriz Gómez, Iván Chediak, Hilda Guzmán, Gloria Bárcenas, Lily Torres, Marina Vélez, Leonor Martínez, y Amelia Pulecio. En años posteriores el muñequero sería dirigido por Leonor Buenaventura de Valencia quien seconsagraría desde allí como uno de los pilares del Conservatorio.

Demetrio Haralambis, director del Conserva­torio en 1944, entregaría de nuevo la dirección, el año siguiente, a Alfredo Squarcetta quien debido a inconvenientes médicos pide una licencia que se extendería hasta octubre de 1946, luego de haber sido encargado del plantel Joaquín Pineros Corpas. Haralambis inicia una nueva etapa que traería el nombramiento de Darío Garzón y Eduardo Collazos como profesores investigadores de asuntos folclóricos y asesores del Conservatorio, con una asignación mensual de setenta pesos. Squarcetta no imaginaba que sus dos asesores se convertirían en los "príncipes de la canción" colombiana.

Demetrio Haralambis, alto oficial de los ejércitos griegos, llegó a Colombia en la década del cuarenta cuando crujía la guerra en Europa.Luego de laborar por una temporada en el Gimnasio Moderno de Bogotá, como profesor de música, fue encargado del Conservatorio y de los Coros del Tolima.

El Espectador publicaría en enero de 1948 un artículo del reconocido periodista Agustín Angarita Somoza titulado: "Ibagué, convertida en gran centro musical de Colombia". Era el propósito confeso del Conservatorio. Diría Angarita: "Ibagué es capital de una tierra privilegiada en donde la vocación para la música se da silvestre, y en donde todo un tipo racial tiene el más peculiar oído par a el difícil arte de las notas.En el Tolima -continúa Angarita- ama la mú­sica el campesino que compone o entona el bambuco montañero y espontáneo , lo mismo que quienes forman parte de la masa coral o quien ha asistido desde la más temprana edad al centro docente llamado Conservatorio".

Las masas corales comenzaban a insinuarse nacionalmente. De ellas diría el mismo diario: "Otra obra notable del Conservatorio de Ibagué. Grupos de voces finamente adies­tradas y guiadas por una elevada técnica... y no es simple prosopopeya sino muestra de la constancia y la democratización del arte" .

Los coros son invitados a participar en la Conferencia Panamericana de Bogotá, realizada en marzo de 1948. A Ibagué viajarían AlvaroOrtíz, director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Nacional, Antonio Cardona, direc­tor del teatro Colón, y Alberto Duran Laserna, director de la Radiodifusora Nacional, entre otros, a solicitar la presencia de los coros en la conferencia. Frente a esta comitiva se realizaría el primer concierto de ensayo general de las masas polifónicas de la ciudad.

Las voces de júbilo no se hicieron esperar para los 90 integrantes del coro que fue catalogado como el más perfecto y completo conjunto polifónico y artístico en Colombia. El ensayo fue transmitido a través de la Radiodifusora Nacional a todo el país. En abril se presentarán 100 jóvenes dirigidos por Squarcetta, ante delegados de todos los países del área, en la conferencia de Bogotá.

El segundo trimestre de este año estuvo caracterizado por una situación política y so­cial demasiado complicada como consecuencia del famoso bogotazo del 9 de abril que desestabilizó a todo el país como consecuencia del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. El coro del Tolima, entonces, fue invi­tado en el mes de junio a participar en un acto cultural que "calmara", como lo mencionaban los diarios capitalinos, los agitados ánimos reinantes, por entonces, en Bogotá.

El concierto fue ofrecido en el Salón Elíptico del Capitolio en audición especial para el Congreso Nacional, como acto de agradeci­miento por la aprobación de la ley que auxiliaba con cien mil pesos al Conservatorio para poder desarrollar algunos de sus proyectos, y contó con el entusiasmo sin límites de los parlamentarios.

Dos presentaciones mas en el Colón y en el teatro Colombia y uno en la Plaza de Toros de la Santamaría, organizado el último como un festival genuinamente popular, patrocinado por el club Leones de Colombia y con la colaboración del conocido Antonio Reyes “Nacional”, quien fuera empresario de Pepe Cáceres años más tarde, se convirtieron en un derroche de arte que despertó el colom­bianismo de los amantes de la música que llenaron las gradas de los distintos escenarios.

El programa presentado contaba con una primera parte, a cargo de los coros femeninos, con tres obras: La marcha turca de Mozart, Arrurrú(a tres voces) y La guabina, (a cuatro voces) del maestro Castilla; y de los coros masculinos con el O solé mío, La canción de Platoff, a cuatro voces, al igual que Amaina, Amor y el Galerón llanero. La segunda parte del concierto estuvo a cargo de ambos coros con obras como El pescador, Borrachita, El Bunde, Alma llanera. El programa fue cerrado con el arreglo a seis voces de La guabina tolimense, que los haría mundialmente famosos en las décadas siguientes.

En 1948, en una ceremonia realizada al medio día en los salones del entonces Palacio de la Carrera, el presidente de la república, Mariano Ospina Pérez, otorgó la Orden de Boyacá al Conservatorio del Tolima y sus masas corales. Doña Amina Melendro de Pulecio recibió de manos del presidente, la condecoración en nombre del plantel, que lo recibía orgulloso. Y no era para menos: los coros estaban despertando un fervor colombiano inigualable.

La salida de Bogotá se vería aplazada por la solicitud de varias instituciones para que se realizarán más presentaciones. La última de ellas fue en la Caja Colombiana de Ahorros y se transmitió por la Radiodifusora Nacional, ocasionando elogios unánimes de la crítica.

A su llegada a Ibagué, el jefe civil y militar del departamento, teniente coronel Hernando Herrera, rindió un tributo al Conservatorio, a su fundador, y declaró hijos ilustres del Tolima a Alfredo Squarcetta y César Ciociano mediante decreto 553 de junio 26 de 1948.

El periódico El Derecho, dos días después del homenaje rendido, expresó en su editorial un mensaje que representó, sin temor a equivocarnos, el sentimiento de diarios nacionales y locales:

"No se había registrado en la ciudad musical un suceso más extraordinario, en lo que al arte local, como el triunfo apoteósico de las corales del Conservatorio en la capital de la república. Condecorados con la más alta insignia por el gobierno nacional, exaltados por la más severa crítica, elogiados hasta el cansancio por los grandes rotativos, aplaudidos hasta el delirio selectos auditorios, y agobiados porcongratulaciones que volaron de todos los ámbitos del país, ese triunfo singular representa para el Conservatorio su consagración definitiva como el primer instituto musical de Colombia; para el Tolima, timbre de orgullo en los anales del espíritu, y para Ibagué, rotunda reafirmación a su título de ciudadela del arte.

Y así tenía que ser. Porque el mensaje sonoro que llevaron nuestras gentes a la capital vulnerada y entristecida, iba cálido y palpitante, sincero y emocionado. El alma del pueblo tolimense, en su triple configuración de río, sol y llanura, canción hecha luz y paisaje, sincera canción, nacida en los reventones rutilantes, se impregna de reseda en las noches florecidas, se acicala de zarazas y percales para los sanjuanes y sanpedros, se remira, desde las canoas, en los espejos ojerosos de los remansos y se desparrama luego por todos los caminos...".

El Tiempo, en su editorial, exclamaría: "Bella fiesta del arte, en la que no sabe uno qué admirar más, si la consagrada experiencia técnica y artística del maestro director, o la vocación y la selección de los muchachos y muchachas que con tanta alegría como entusiasmo se han entregado al culto de la belleza. Pero además de hermosa e incompa­rable fiesta de arte, y de arte en que se hermanan lo universal y lo autóctono sinantagonismo discordante, espléndida y aleccionadora demostración de lo que es capaz un pueblo cuando lo orienta una voluntad y lo estimula un anhelo. Sobre todo, aleccionadora de lo que podrá esa formación del espíritu de que hemos hablado, como elemento insustituible para crear una nación en que ciertas elevadas preocupaciones y la consagración a nobles tareas eliminen los peligros de las desfiguraciones morales y de la irreparable quiebra del hombre como creador de cultura dentro de la libertad y el orden".

Pero los triunfos de las masas corales que se convertían así en eje central de la actividad del Conservatorio, toda vez que la institución orientaba sus esfuerzos especialmente a este programa, no hizo olvidar al plantel sus demás proyectos que para 1948 incluía, además de artes musicales, artes plásticas, teatro y ballet. Sin embargo, la historia por dentro del grupo polifónico estaba llena de obstáculos.

Y como en las historias de antes… continuará.



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