Editoriales

lunes, noviembre 30, 2020

¿Democracia o monarquía?

Este putrefacto desfile de delfines es otro cáncer de nuestra sociedad, igual a la corrupción, la exclusión, la falta de oportunidades y la negación de una auténtica democracia.
¿Democracia o monarquía?

Cuando algunos países, donde aún subsiste la monarquía hereditaria como en Inglaterra y España, tambalean, en medio de escándalos y desprestigio; y crece, con fuerza, el debate público, para proscribirlas, y establecer un régimen republicano, que solo dependa de la libre voluntad de los ciudadanos,  a través de las urnas. Entretanto,  en Colombia,  florece una pandemia, peor que la de Covid, la de los llamados  delfines.

Un genuino bazar de los nuevos idiotas, movido por medios y redes fletados, periodistas incondicionales y encuestas amañadas y bien pagadas.

Sin alegar títulos nobiliarios, afortunadamente inexistentes, en nuestro país, sino el aprovechamiento de apellidos, unidos al poder del pasado, o a la mecánica  politiquera del presente, la pasarela aumenta, y envenenan el inconsciente  colectivo de figurillas de circo, disfrazadas de opciones electorales, manipuladas desde la sombra.

El uribismo, consciente de la falta de candidatos viables, de la merma del poder arrollador que en votos, elecciones y sondeos tuvo en el pasado, el expresidente y jefe del Centro Democrático, el exsenador Uribe, ha comenzado, en la nueva era de la revista  Semana, convertida en gaceta del gobierno, y el boletín Semanal, de la derecha extrema, la campaña para venderle a la ingenua y desprevenida opinión pública,  una candidatura del joven emprendedor,  hijo mayor del expresidente. Bien maquillado, y mejor calculado el largo autoreportaje, presentado por Vicky Dávila, pretende convertir al joven negociante, Santo Tomas Uribe, con único y exclusivo merito, que el APELLIDO, en un nuevo Mesías. Esto es vergonzoso, ofensivo y   antidemocrático.

En lo que queda del partido liberal, convertido tristemente en menguada fábrica de avales, de una minoría cada vez menos importante y nada decisoria en los destinos del país; todo el mundo sabe que la obsesión de Gaviria, envejecido, irrespetado y contradictorio, de seguir apoderado de la marca liberal, coleccionando derrotas vergonzosas, equivocaciones reiteradas  y reveses, no es otra, que la de mantener, la caprichosa vigencia de su poder personal y electoral, ya no de grandeza política y programática de lo que fue el partido hace años.

Ahora lo fundamental, es abrirle el paso herencial con la gastada maquinaria a Simón, su hijo, con el único mérito de perpetuar, habilidosamente, el APELLIDO  de su padre.

Los campeones de este virus politiquero, que la opinión libre rechaza con indignación, son los hijos de Luis Carlos Galán, cuya muerte trágica, todos hemos lamentado, pero cuyo costo en canonjías, puestos auxilios para la Fundación de la familia, le han costado al tesoro público una millonada. Sin cosa distinta al APELLIDO, los tres galanes, conocidos en las redes como los famosos Trivagos,  aspiran hace 31 años, a todo, elección tras elección, con un solo mérito el APELLIDO.

De democracia real y ejemplar a este circo de la cosecha de delfines, hay un abismo. Y, peor aún, cuando se cuenta con periodistas y encuestadores, que coadyuvan a llevar al precipicio a nuestro país, sin pudor, ni asombro.

Este putrefacto desfile de delfines es otro cáncer de nuestra sociedad, igual a la corrupción, la exclusión, la falta de oportunidades y la negación de una auténtica democracia. 



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