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sábado, octubre 23, 2021

El Alberto Lleras Camargo que yo conocí

Salió el 7 de agosto de 1946 del Palacio de la Carrera en una sobrecogedora soledad, con la sencillez y la solemne dignidad que siempre lo acompañó.
El Alberto Lleras Camargo que yo conocí

Por: Alberto Santofimio Botero


A raíz de la publicación, por parte del gobierno nacional, de los volúmenes que recogen la obra de periodista, escritor y estadista de Alberto Lleras Camargo, escribí, como columnista de la revista: “Hoy por Hoy”,  que dirigía mi dilecta amiga Diana Turbay, un texto donde sostuve las razones por las cuales considero que fue sin duda, uno de los grandes y esenciales protagonistas del acaecer colombiano en el siglo XX.

En su libro: “Mi Gente” expresó en afortunada síntesis: “soy un sobreviviente y apenas el testigo de un modo de vivir que me correspondió ayudar a destruir, pero cuyas últimas voces y actitudes alcancé a conocer”. La fulgurante carrera de Lleras Camargo, su juvenil y prodigioso ascenso en el periodismo y en la vida pública, su influjo extraordinario a todo lo largo de la República Liberal, pero especialmente en los dos gobiernos del presidente Alfonso López Pumarejo, mostraron el tránsito del joven escritor, el novel periodista camino de ser un Proust colombiano, al estadista más influyente, desde su inicio en el grupo intelectual de “Los nuevos” hasta el ejercicio de la Presidencia de la República en dos oportunidades.

De él dijo con fortuna su contemporáneo y amigo Juan Lozano y Lozano: “Alberto Lleras Camargo no es un tipo extraordinario de político sino por el contrario un tipo de político extraordinario, no solo por su capacidad para ver y comprender las cosas del estado y de la sociedad, sino por su desinterés extraterreno”.

Repasando sus escritos periodísticos en La Tarde, El Liberal, El Tiempo, El Espectador, Semana y Visión, llegó a la conclusión de que no hay entre los colombianos un mejor testigo del siglo en el que vivió, actuó y escribió. En esa centuria que se cerró con su muerte el 4 de enero de 1990, seis meses antes de cumplir 84 años, presenció la actuación histórica de personalidades universales como Churchill, Lenin, Stalin, Trotsky, Roosevelt, Gandhi, Hitler, Mussolini, Nehrú, El Mariscal Tito, Eisenhower y hasta el legendario John F Kennedy, y al mismo tiempo en su oficio literario conoció a fondo, como lector omnívoro a todos los grandes escritores de su tiempo, y los que se remontan desde la antigüedad clásica, griega y romana, pasando por las letras consagradas de los autores, ingleses, franceses, españoles y latinoamericanos. Nada de las obras estelares de la literatura le fue ajeno.

En sus propias memorias y en el maravilloso libro “Alberto Lleras, el último republicano” de Leopoldo Villar Borda, está recogida minuciosamente su huella, los registros de su liderazgo y de su pluma en la “Revolución en Marcha” de López Pumarejo y en los distintos episodios de los 16 fecundos años de la República Liberal. El trasunto fiel de una vida consagrada, con patriotismo y devoción supremos para buscar la defensa siempre de la democracia y sus libertades, y el progreso común del país.

André Malraux en sus antimemorias, recuerda una afirmación de Napoleón según la cual “un hombre de estado siempre está solo, y el mundo está del otro” y agrega el escritor que De Gaulle hubiese dicho que estaba solo, pero con Francia. En momentos demasiado críticos del destino nacional, como cuando, durante un recorrido por el sur del país el presidente López Pumarejo fue secuestrado en Pasto por un grupo de militares, Lleras Camargo al lado de Echandía ejerció la defensa del régimen democrático, derrotando la pretensión de golpe de estado que había sido incitado por Laureano Gómez desde los editoriales de El Siglo; o como cuando tuvo que asumir la presidencia de la República en 1945 por el retiro de Alfonso López Pumarejo.

En momentos de crítica división liberal, presidió unas trágicas elecciones con vientos de tempestad, en las que, con fidelidad a su espíritu demócrata y a sus decisivas creencias republicanas, se abstuvo de intervenir en la fragorosa contienda interna de su partido, que llevó a la triste derrota de ese liberalismo fracturado en las candidaturas de Gabriel Turbay y Jorge Eliecer Gaitán.

Muchos sectores de la opinión pública consideraron entonces, erróneamente, que si Lleras Camargo con el poder del gobierno, hubiese inclinado la balanza hacia una de las candidaturas liberales, su partido no hubiera sido vencido por el Partido conservador. Sobre este mismo episodio Lleras Camargo afirmó: “yo he nacido, he vivido y estoy seguro de morir en el seno del partido liberal, a la sombra de cuyas ideas se meció la cuna mía y la de mis antepasados”. Sin embargo, iracundos gritos de gaitanistas y turbayistas, derrotados injustamente pretendían responsabilizarlo de lo que fue el fin de la República Liberal. Alguna vez, él mismo dijo: “solo aspiraba a que me gobernaran como había gobernado. Y no porque piense que el gobierno presidido por mí es inmejorable ni digno de imitarse, sino porque como puse en el toda mi buena voluntad y nada dejó de hacer bien por deliberada intención sino por deficiencias inevitables por quien lo dirigía, sé que basta cualquier ciudadano en la oposición o en otro sitio, que se trate como yo quise tratar a mis compatriotas”.

En la tertulia literaria organizada por el escritor Jorge Padilla, en 1977 en Bogotá. De izquierda a derecha: Jorge Padilla, Alberto Santofimio Botero y el expresidente Alberto Lleras Camargo. 

 

En la tertulia literaria organizada por el escritor Jorge Padilla, en 1977 en Bogotá. De  izquierda a   derecha: Jorge Padilla, Alberto Santofimio Botero y el expresidente Alberto Lleras Camargo.

Salió el 7 de agosto de 1946 del Palacio de la Carrera en una sobrecogedora soledad, con la sencillez y la solemne dignidad que siempre lo acompañó. De este episodio el exministro Abdón Espinosa Valderrama escribió en el Diario el Tiempo el 13 de agosto de 1996: “El 7 de agosto acompañé al presidente Lleras, con dos o tres funcionarios más, a la salida de Palacio. Su figura procera, frágil y estoica, con la sonrisa estereotipada, el rostro más pálido que nunca, absortos los ojos, descendió trabajosamente por la orilla de la escalera central, abriéndose campo por entre el tropel insolente de las pecheras almidonadas y la entonación desafiante del himno de la patria.”

Luego de los episodios de la política interna atrás referidos, Lleras Camargo fue decisivo en la creación y el fortalecimiento de la OEA. Cómo Primer Secretario de esa organización, ejerció un luminoso liderazgo internacional. Observado el oscuro panorama de violencia que se cernía sobre el mapa de Colombia, y el florecimiento de una dictadura preocupante, señaló que su misión en la OEA estaba cumplida y que debía regresar al país, para ocuparse de los graves problemas políticos que existían en ese tiempo y que habían permitido la creación de un gobierno militar personalista que rompió por primera vez en aproximadamente medio siglo la tradición democrática de Colombia.

Al regresar al país, encabezó, como ferviente líder civil, la oposición y el combate contra la dictadura de Rojas Pinilla. Viajó a Benidorm y Sitges en España a encontrarse con el caudillo conservador Laureano Gómez, entonces en el exilio, y sentar con él las bases de lo que se llamó primero el Frente Civil y después el Frente Nacional, que se solemnizó con la firma del acuerdo de San Carlos, sometiendo el texto de la reforma constitucional a plebiscito en 1957 para consolidar el bipartidismo, con la paridad de liberales y conservadores en el gobierno y en las corporaciones públicas. El 4 de mayo de 1958 Lleras Camargo fue elegido con 2 '482.948 votos contra 614.861 de Jorge Leyva, el único opositor al Frente Nacional en las urnas.

Una semana después del frustrado golpe militar del 2 de mayo encabezado por el coronel Forero Gómez, Lleras Camargo en su condición de presidente electo, se presentó completamente solo, sin escoltas ni edecanes, al teatro Patria, ante la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, y estableció las reglas de juego del futuro entendimiento en su gobierno con los militares, definiéndolo como un “contrato de recíproco respeto”. Su magistral intervención reafirmó la vigencia de la democracia con la siguiente afirmación memorable: “Esta frágil figura será, hasta el límite de sus capacidades y de sus energías, el símbolo de la voluntad nacional. Se puede quebrantar con un gesto, con un ademán, sin esfuerzo alguno. Pero si se quiebra, se quiebra con ella la historia de la República, y la honra de las Fuerzas Armadas, la fe entre las gentes, y todo lo que sigue es el vacío, la fuerza, la coacción y la incertidumbre, la ley de la selva sustituyendo la Ley fundamental de la nación”.

Sobre todo, los anteriores tramos de la vida política, de la acción de hombre de estado, de su denso legado de escritor y periodista, existen innumerables crónicas y publicaciones de gran importancia, particularmente el de Leopoldo Villar Borda, los libros autobiográficos y parte de las memorias que alcanzó a dejar publicadas, así como algunas anécdotas de García Márquez y del reconocido fotógrafo Guillermo Angulo.

Lleras Camargo fue fiel exponente de un asombroso pragmatismo que le permitió sortear complejas coyunturas en el destino colombiano. Demostró fiel al pensamiento de Max Weber, uno de sus autores predilectos, que la política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma”. Era lo que algunos de sus ocasionales adversarios le atribuían a su personalidad distante, fría y solemne. En las varias ocasiones en que tuve la fortuna de conocerlo en momentos de intimidad amistosa, que ahora habré de relatar, constaté que su inteligencia luminosa, su palabra viva, su gesto amable, contrastaba con las merecidas alturas a las que lo consagró la admiración, el respeto, la admiración entusiasta, y la adhesión firme  de sus conciudadanos, considerándolo como alguien dijo del prócer americano George Washington, “El primero en la guerra, el primero en la paz, y el primer en el corazón de sus conciudadanos”.

De él recibí como generosa respuesta a un artículo mío atrás referido la siguiente nota: “Alberto Santofimio Botero, Senado de la República: “Acabo de leer la página suya en la revista “Hoy por Hoy” de la fecha sobre mí, que hermosa biografía para un difunto, un viejo que, como yo, todavía se mueve, no sabe qué hacer ni qué pensar sobre ella. Lo único que se me ocurre es encontrarla involuntariamente embarazosa. Mil gracias. ALBERTO LLERAS CAMARGO,”

En la inquietud intelectual de mi adolescencia tuve la ocasión irrepetible de conocer personalmente a Alberto Lleras Camargo, en la finca Belmira, ubicada en Fusagasugá, de propiedad de Bernardo Medina Mejía y de Alicia Narváez Caicedo, esta última, cercana familiar de mis padres. En la terraza del amplio jardín, rodeados de flores, y palmas esbeltas, y ejerciendo el arte deslumbrante de la conversación, un caballero elegante, sencillo, y amable presidía la mesa, en el tiempo turbulento de su combate contra la dictadura de Rojas Pinilla.

En ese entonces, por mis años breves, no encontré una palabra precisa que pudiera expresar con fortuna el dominio de la escena que ejercía ese caballero de figura frágil, delgada y grandes anteojos, pero que hoy, resolviendo mi duda juvenil, puedo definir como ELOCUENCIA, que según el diccionario de la Real Academia Española es:   “la facultad de hablar o escribir de modo eficaz, para deleitar, conmover o persuadir”. 

Eran los días en que, como un río impetuoso, las palabras de Lleras Camargo, como prócer civil, convocaban a la unidad política de los colombianos, para derrotar el régimen de facto, conquistar la paz, y levantar las columnas firmes de una nueva civilización democrática. En la escena de la casa campestre de Fusagasugá, oían, atentamente, al entonces jefe de la oposición, abrir en su serena iluminación los caminos del inmediato futuro, Fernando Mazuera Villegas, Benjamín Trujillo Lara, Ramón de Bedout, Emilio Urrea, Alberto Santofimio Caicedo, mi padre, y sus esposas, al lado de doña Bertha Puga, la discreta y determinante compañera de la vida de Lleras Camargo.

Ese día, para mí memorable, para señalar con piedra blanca, como solía decir el Maestro Echandía, le escuché una sabia frase que jamás he podido olvidar: “lo primero que debe hacer un político es establecer un tratado de límites con sus propios amigos”.

Más adelante, fui testigo junto con mi padre, de la encendida protesta popular causada por un acontecimiento trágico en la historia del Tolima, el vil y cobarde asesinato del director del diario liberal, Tribuna de Ibagué, Héctor Echeverry Cárdenas. Todo amenazaba con convertirse en una réplica del 9 de abril de 1948, y las sombras de un bogotazo se cernían sobre la apacible Ibagué de entonces. Rafael Parga Cortes, Severiano Ortiz Nieto, Álvaro Echandía Santofimio y mi padre, Alberto Santofimio Caicedo, trataban de calmar los ánimos y de llamar a la cordura. Con las deficientes comunicaciones de entonces, al fin Lleras Camargo pudo ser localizado en la hacienda El Cucharo, en las inmediaciones de Girardot, la comunicación se logró, milagrosamente, por un débil hilo telefónico conectado a rudimentarios equipos de sonido de entonces. En sobrecogedor silencio sus palabras pausadas, firmes, sonoras, convincentes, fueron cayendo como un apaciguador aguacero de sensatez sobre la muchedumbre embravecida. Sólo habiendo vivido esos instantes se puede reconocer la veracidad de lo ocurrido.

Ya siendo presidente de la república, en 1960 se crearon las residencias 10 de Mayo, en el centro Antonio Nariño, con recursos de la Presidencia y colaboraciones del sector privado. La organización de ese nuevo hogar para jóvenes de diversas universidades, la presidía doña Bertha Puga de Lleras como primera dama de la nación, y como coordinador ejecutivo fungía quien luego fuera alcalde de Bogotá y Senador de la República, don Emilio Urrea Delgado. Por iniciativa de este último, se le asignó a estudiantes de las facultades de derecho y economía de la Universidad del Rosario, las habitaciones del piso 3º.  Allí, con inolvidables amigos, como el exgobernador de la Guajira Eduardo Lacouture Cuello, su hermano Carlos Alberto, Hernán Vidal Márquez, Alfonso Jairo Cuello, y Abel Enrique Jiménez Neira, entre otros, compartimos las confortables instalaciones construidas por el primer gobierno del Frente Nacional.

Sorpresivamente, el Presidente de la República Alberto Lleras Camargo, apareció con su esposa al acto inaugural y departió con nosotros de una forma des descomplicada, sencilla, contrastando con la leyenda de sus opositores que le trataban de “monarca”, quizá por su envidiable condición de gestor de la reconciliación y de iluminado oficiante de la palabra y de la pluma.

En 1977, en una célebre reunión, organizada por el escritor y ex diplomático Jorge Padilla, columnista de El Espectador y de El Tiempo, en las instalaciones del Banco de Colombia, entonces presidido por Jaime Michelsen Uribe, tuve la ocasión imborrable, de ver el Alberto Lleras de la tertulia literaria, recitando con prodigiosa memoria, y, departiendo con gracia, humor y profundo conocimiento de la poesía universal y colombiana, con José Umaña Bernal, Abelardo Forero Benavides, y los poetas Jorge Rojas, Eduardo Carranza, y Daniel Arango, Pedro Gómez Valderrama y Álvaro Castaño Castilla. Fueron horas de talento, simpatía, gracias, humor y palabra poética, que quedaron grabadas para siempre en mi memoria agradecida.

La última vez que tuve la ocasión de verle fue en 1989, un año antes de su muerte, cuando le visitamos en su apartamento de Bogotá para hacerle entrega de una proposición de saludo y reconocimiento de la convención nacional del Partido liberal colombiano, de cuya Dirección Nacional yo hacía parte. Sobrio, amable, elegante, discreto y con un profundo interés por conocer los movimientos de la actualidad política, escuchó nuestras opiniones, y con prudencia y precisión inescapables, emitió las suyas. Sonriente y con cierta ironía, nos expresó que visitas frecuentes de mandatarios y políticos le mortificaban por las especulaciones periodísticas que surgían de esas visitas, que generalmente no correspondían a la verdad de lo que habían sido las conversaciones.

Nadie entre sus contemporáneos manejó con mayor altura, dignidad y sentido histórico la condición de expresidente de Colombia. Nadie como él supo encarnar la majestad del talento, el patriotismo, los conocimientos y la sencillez. Por esto mismo, podríamos decirle a él, para concluir estas palabras, lo que él dijo el 30 de noviembre de 1959, frente a los restos mortales del expresidente Alfonso López Pumarejo:“sabemos, inequívocamente, que fue grande, porque su muerte no interrumpe ni devuelve la historia que se inició con su presencia, y porque una nación más grande, más rica, más libre, recuerda con gratitud, que Alfonso López Pumarejo la sirvió bien, a tiempo y con afecto sin límites”.

Y finalmente, decir de Alberto Lleras Camargo, con la sentencia de Emerson: “la medida de la grandeza de un genio, la da su fortuna en arrastrar a su propia opinión a todos los hombres, muchos años después de su muerte”.

*ExMinistro de Estado, ExSenador de la República.

Ibagué, El Bunde, 14 de octubre de 2021. (A los 31 años y 10 meses de la muerte de Alberto Lleras Camargo)



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