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domingo, marzo 31, 2019

El día que me volví invisible

Compartimos con ustedes esta adaptación de Lorena Armenta que pone en evidencia la realidad de los adultos mayores en el mundo.
El día que me volví invisible

No se a como estamos. En esta casa no hay calendarios y en mi memoria los 
hechos estan hechos una maraña. Me acuerdo de aquellos calendarios grandes, 
unos primores, ilustrados con imagenes de los santos, que colgabamos al lado 
del tocador... pero ya no hay nada de eso, todas las cosas antiguas han ido 
desapareciendo. Y yo, yo tambien me fui borrando sin que nadie se diera cuenta.

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Primero me cambiaron de alcoba, pues la familia crecio. Despues me pasaron a 
otra mas pequeña aun, acompañada de mis biznietas. Ahora ocupo el desvan, el 
que esta en el patio de atras.  Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, 
pero se les olvido, y todas las noches por alli se cuela un airecito helado que 
aumenta mis dolores reumaticos.

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Desde hace mucho tiempo tenia intenciones de escribir, pero me pasaba semanas 
buscando un lapiz y, cuando al fin lo encontraba, yo misma volvia a olvidar donde 
lo habia puesto. A mis años, las cosas se pierden facilmente; claro que es una 
enfermedad de ellas, de las cosas, porque estoy segura de tenerlas, pero siempre 
se desaparecen.

 La otra tarde caí en cuenta de que mi voz tambien ha desaparecido.  Cuando les 
hablo a mis nietos o a mis hijos, no me contestan.  Todos hablan sin mirarme, como 
si yo no estuviera con ellos escuchando atenta lo que dicen.

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A veces intervengo en la conversacion, segura de que lo que voy a decirles no se le 
ha ocurrido a ninguno y les van a servir de mucho mis consejos.

Pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces llena de tristeza, me 
retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar la taza de cafe. Lo hago asi, de pronto, 
para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta que me han 
ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdon. Pero nadie viene.

El otro dia les dije que cuando me muriera entonces si me iban a extrañar.

El nieto mas pequeño dijo: "¿Y es que estas viva, abuela?..." Les cayo tan en gracia, 
que no paraban de reir. Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una 
mañana entro uno de los muchachos a sacar unas llantas viejas y ni los buenos 
dias me dio.

Fue entonces cuando me convenci de que soy invisible, me paro en medio de la 
sala para ver si aunque sea estorbo, me miran, pero mi hija sigue barriendo sin 
tocarme, los niños corren a mi alrededor, de uno a otro lado, sin tropezar conmigo.

Cuando mi yerno se enfermo, tuve la oportunidad de serle util; le lleve un te especial 
que yo misma prepare. Se lo puse en la mesita y me sente a esperar que se lo tomara. 
Sólo que estaba viendo television y ni un parpadeo me indico que se daba cuenta de 
mi presencia. El té poco a poco se fue enfriando. Mi corazon tambien.

Un viernes se alborotaron los niños y me vinieron a decir que al dia siguiente nos 
iriamos todos el dia de campo. ¡Me puse muy contenta! ¡Hacia tanto tiempo que no 
salia y menos al campo! El sabado fui la primera en levantarme. Quise arreglar las 
cosas con calma. Los viejos nos tardamos mucho en hacer cualquier cosa, asi que me 
tome mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salian de la casa corriendo y 
echaban las bolsas y juguetes al carro. Yo ya estaba lista y muy alegre me pare en 
el  zaguan a esperarlos...

Cuando arrancaron y el auto desaparecio envuelto en bullicio, comprendi que yo no 
estaba invitada, tal vez porque no cabia en el auto o porque mis pasos tan lentos 
impedirian que todos los demas corretearan a su gusto por el bosque.  Senti clarito 
como mi corazon se encogio, la barbilla me temblaba como cuando uno no aguanta 
las ganas de llorar.

Vivo con mi familia y cada dia me hago mas vieja, pero cosa curiosa, ya no cumplo 
años. Nadie lo recuerda. Todos estan tan ocupados...Yo los entiendo, ellos si hacen 
cosas importantes. Rien, gritan, sueñan, lloran,  se abrazan, se besan. Y yo no sé a 
que saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos; era un gusto enorme el que 
me daba tenerlos en mis brazos, como si fueran mios. Sentia su piel tiernita y su 
respiracion dulzona muy cerca de mi. La vida nueva se me metia como un soplo y 
hasta me daba por cantar canciones de cuna que nunca crei recordar. Pero un dia 
mi nieta Laura, que acababa de tener un bebe, dijo  que no era bueno que los 
ancianos besaran a los niños por cuestiones de salud. Ya no me acerque mas, no 
fuera a ser que les pasara algo malo por mis imprudencias. !Tengo tanto miedo de 
contagiarlos!

Yo los bendigo a todos y les perdono, porque: ¿Que culpa tienen los  pobres de que 
yo me haya vuelto invisible?

 



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