Opinión

jueves, junio 10, 2021

¿Y ahora qué?

La protesta social es justa. No sólo es una expresión de la democracia sino esencialmente una muestra del hartazgo de una generación que vive sin esperanza: la corrupción, la injusticia y la guerra les ha robado todo.
¿Y ahora qué?

Por Carlos Pardo Viña | Escritor y periodista


Algunos insisten en ver a los jóvenes como una masa informe presa de las maquinarias de izquierda que quieren el caos. No. El caos ya existía y respiraba escondido en las calles en medio de la pobreza. Y a esa olla a presión le quisieron meter una reforma tributaria desigual, una reforma a la salud enferma, una reforma a la justicia injusta y más burocracia infame. Y entonces, los pasos que salen a la calle, los carteles, los gritos, las arengas, y algunos, pocos, que aprovechan y lanzan piedras, y la policía que dispara, los cuerpos que caen, y la indignación y la represión y todo vuelve a empezar.

El gobierno, mientras tanto, arrogante, desconectado,  incapaz de ver sus propios errores, reduce todo a un tema de ideologías. No es sólo un asunto de ideologías. En este mundo hiperconectado es cada vez más difícil ver un comunista, un socialista o un fascista puro. Claro que hay individuos con esas trazas, pero la gente es, por lo general, una mescolanza incierta de ideas que tienen posturas que rozan las fronteras de todos esos territorios ideológicos. El tema no es la ideología, el tema es el hartazgo.

Hoy no se ve la luz al final del túnel porque a estas alturas ya no se sabe con claridad, qué se quiere conseguir. Las peticiones son tantas y tan diversas que pareciera no haber salida al laberinto que hemos construido a nuestro alrededor. No existen liderazgos, ni nacionales ni regionales, que puedan encausar este barco de justos amotinados y llevarlo a buen puerto. Y no existe porque las calles están llenas de gente que ya no escucha. La invade la rabia y el resentimiento ante una clase dirigente que ha hecho de este país el patio de sus recreos.

Hace algunos días fui al barbero. Es colombiano pero desde temprana edad se fue para Venezuela y regresó con la crisis. Su voz tiene todo el acento de los chamos. Comenzó comentándome que la situación está muy difícil y que ya quería poner un letrero de prohibido hablar de política, porque nunca se sabía con quién se podía topar. Algún cliente, luego de un comentario en contra de Uribe, lo increpó y salió del sitio a medio peluquear y sin pagar; otro le gritó que no le fuera a hablar mal de Petro, que no fuera facho.

Nunca he sabido que este país estuviera tan dividido— me dijo.

Le dije que sí había sucedido, por allá en los cincuenta, en los tiempos de la violencia bipartidista que dejó tan sólo en los primeros diez años, 400 mil muertos.

Mejor pongo el cartel— dijo.

Y así, sin poder hablarnos, sin entendernos, seguimos en la lucha, una lucha que logró importantes avances pero que a estas alturas no tiene un norte definido.

¿Y ahora qué?


La columna escrita por Carlos Pardo Viña no representa la línea editorial del medio El Cronista.co



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