Opinión

jueves, octubre 14, 2021

Las velas apagadas de otro cumpleaños

Desempleados, con una red de alcantarillado que hace agua (el 85% debe ser completamente cambiado), con una movilidad que se debate entre los huecos, los semáforos dañados y los carros parqueados en cualquier parte, y con una economía débil, sin industria y escasamente sostenida por el trueque informal, Ibagué celebra un año más.
Las velas apagadas de otro cumpleaños

Otro cumpleaños sin saber para dónde vamos, sin saber qué hacer, sin un futuro claro. Somos un pueblo que ha sido incapaz de evadir la feria de las ambiciones y los intereses personales que se instalaron en nuestra villa.

Queremos ser turísticos, pero no hemos sido capaces de mantener la vía del Cañón del Combeima, un lugar al que llevamos, con sobradas razones, a todos nuestros visitantes; queremos ser culturales, pero el dinero que le damos a la cultura para consolidar una agenda que nos convierta en destino, no supera el 1% del presupuesto; queremos atraer inversión, pero no hemos podido garantizar los servicios públicos mínimos a los empresarios que por nuestra ubicación geográfica contemplan nuestra ciudad como un lugar atractivo para sus negocios.

Enredados entre la pobreza y la politiquería, Ibagué se hunde en el fango de la apatía. Con una de las tasas de desempleo juvenil más altas del país, las jóvenes aprenden desde temprano que no hay futuro, que aquí lo único que se puede hacer es sobrevivir, escasamente. Generaciones talentosas perdidas en el transcurrir interminable de los días sin un camino dibujado para sus pasos. Empobrecemos dignamente cada día, pero no hay dignidad en el hambre, no hay dignidad en la tragedia humana.

Cansados de vivir los mismos problemas por los siglos de los siglos, amén, nos convertimos en unos descreídos. No creemos en la ciudad… pero la amamos. Aquí hemos fincado nuestra familia y nuestros sueños, aquí nos hicimos hombres y mujeres, aquí hemos enterrado a nuestros muertos, aquí hemos amado y cantado y bailado y reído y llorado. Nuestro corazón está atrapado entre sus montañas y sus calles rotas; sin embargo, no creemos. Y es que también nos robaron la fe. Nos levantamos cada mañana como los reos de otros tiempos, e intentamos romper la piedra con nuestros picos de madera. Lo hacemos cada día y algún cascajo se desprende y entonces volvemos a reír y a soñar, porque tuvimos que hacer de las pequeñas cosas nuestros grandes logros.

Mientras escribo estas líneas, al fondo, se escucha una orquesta a todo timbal. Andan de fiesta, y no es porque hoy juegue la selección, sino porque hoy Ibagué cumple años: 471. Y yo digo, no hay mucho para celebrar. Como desde hace mucho tiempo, las velas están apagadas. Pero no me dejo contagiar por el presente. Sonrío, tomo mi pico de madera y, en silencio, oro por mi pueblo.



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