Opinión

viernes, junio 18, 2021

La envidia o la antítesis del amor propio

El ansia de los bienes ajenos nunca podrá substituir el anhelo y la idoneidad para ser cada vez más grandes y mejores personas.
La envidia o la antítesis del amor propio

Por Juan Bautista Pasten G.


Uno de los disvalores casi inherentes al ser humano, manifestado desde su origen hasta nuestros días, ha sido ese afán casi irrefrenable de poseer lo perteneciente a otras personas, ya sea lo referido a cosas, objetos, vestuario, propiedades, belleza corporal, pero también cualidades emocionales (simpatía, alegría, carisma) e intelectuales, como la inteligencia, el conocimiento o las capacidades de entendimiento y expresión (hablada y/o escrita).

Además, constituyen objetos de envidia, los bienes económicos, las actividades, oficios, profesiones o trabajos, el sitio o lugares en que se vive o frecuenta, la gente con la cual se comparte o relaciona y, obviamente, la posición o status que se tiene u ocupa en la comunidad o sociedad. En verdad, este sentimiento es susceptible de ser percibido en todos y cada uno de los quehaceres humanos.

Ciertamente, en la envidia se concreta el dolor, la angustia y la desdicha que provoca, en muchas personas, las posesiones de otras, tanto cercanas como lejanas de nosotros, vale decir, nos causa desagrado y molestia observar que haya individuos que tengan bienes de los cuales carecemos y que, supuestamente, necesitamos.

Por lo pronto, los textos de diversa índole nos muestran muchas circunstancias donde podemos observar este sentimiento. Por ejemplo, el texto bíblico nos muestra la envidia del ángel rebelde (Luzbel) respecto del ángel obediente y sublime (Jesús). Además, en el mismo relato bíblico, vemos simbolizada la envidia del hombre que se rebela (Caín) en contra del hombre que acata los designios divinos con obsecuencia y prontitud (Abel).

Por otra parte, los cuentos infantiles señalan constantemente la envidia en toda su magnitud, develando los perjuicios y consecuencias penosas que ella – más temprano que tarde - ocasiona en las personas que las idean y llevan a cabo. Sin duda, esa es la gran moraleja que los autores de aquellas bellas obras literarias quieren y buscan enseñar, tanto a niños como a adultos.

La historia humana está repleta de ejemplos donde la envidia ha estado presente, la cual afecta a todo tipo de personas, en todos los lugares del mundo y en todos los estratos sociales. Nadie está excluido de sentir o haber sentido – alguna vez – este criticado y, al mismo tiempo, usufructuado disvalor.

Ahora bien, ¿Por qué existe la envidia? ¿Cuál es su fundamento y a qué se debe su generalización? Son interrogantes que apuntan, en efecto, a la raíz misma del ser humano, al derrotero que éste ha seguido a través del tiempo y, por tanto, a las bases en que se han formado gran parte de las sociedades y, quizás, la causa de muchas falencias que han impedido o limitado la construcción de auténticas comunidades, esas donde la justicia y la solidaridad no sean meros sueños sino realidades.

A nuestro juicio, en la envidia queda expresada – con bastante nitidez – la ausencia de afecto y aprecio de las personas por sí mismas, la desvalorización de la condición humana (propia y colectiva). Esto es debido al desconocimiento del potencial interior que nos caracteriza como seres espirituales, planetarios y universales, además de la ignorancia de la energía intrínseca y valórica que poseemos (llámese Amor, Bien, Belleza, Poder y/o Consciencia).  En síntesis, la envidia surge producto del olvido de quienes verdaderamente somos.

La envidia emana de la carencia de amor por nosotros mismos, o sea, de la ilusoria pretensión de que la alegría, la satisfacción y el bienestar provienen desde lo exterior; es más, se comete el grave error de creer que los demás tienen todo aquello que necesitamos en nuestras vidas.

Efectivamente, la envidia – como otras manifestaciones erróneas del quehacer humano – impulsan a redescubrir nuestra esencia como seres vivos, a darnos cuenta de quienes somos realmente, a despertar del largo letargo existencial. En consecuencia, ahora – sobre todo Ahora – es el momento para desaprender lo que históricamente nos han inculcado, para aprender los Valores personales y cósmicos y reaprender el sendero que nos conduzca, con convicción y optimismo, hacia la plenitud de Ser.

En efecto, es el tiempo preciso para erradicar de nosotros la esmirriada energía de la envidia y asumir la poderosa y sublime energía del Amor, que nos impulsa y empodera para crear y recrear la Vida pletórica de sabiduría y felicidad, a la cual todos estamos llamados a ser partícipes y protagonistas.

“La peor expresión de la soledad es estar disconforme de ti mismo”. Mark Twain, escritor británico.

Todo lo que se encuentra fuera de nosotros, son asuntos pequeños en comparación con lo que se encuentra dentro de nosotros”. R. W. Emerson, escritor y poeta estadounidense.

El desafío más difícil es ser tú mismo en un mundo donde todos quieren ser otra persona”. E. E. Cummings, poeta y escritor estadounidense.

  • Docencia e investigación en filosofía

Universidad de Chile



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