Opinión

sábado, junio 05, 2021

El fútbol no funcionó como cortina de humo para acallar la protesta social

Pese al triunfo de Colombia 3-0 sobre Perú, la celebración de la afición fue lánguida, y la protesta social sigue en pleno rigor; los problemas de las comunidades son superiores a correr tras un balón.
El fútbol no funcionó como cortina de humo para acallar la protesta social

Por Humberto Leyton


Las expectativas que artificiosamente los grandes medios de comunicación quisieron crear con el partido de fútbol Colombia-Perú, para tender una cortina de humo, como siempre lo han hecho, cuando se registran protestas sociales, en esta  oportunidad no les funcionó.

Pese al triunfo de la selección nacional 3-0, sobre su similar del Perú, la celebración de la victoria fue lánguida y no alcanzó a impactar en la población, se notó que la gente tiene necesidades prioritarias distintas a correr tras un balón de fútbol.

Las comunidades están más interesadas en la solución de sus verdaderos problemas sociales, económicos, políticos y culturales, entre otros, que en la suerte de un equipo de fútbol, por demás insolidario, que no le importa el destino de sus compatriotas, ni las muertes, las torturas ni los desaparecidos, víctimas de un régimen de características dictatoriales y fascistas como el que oprime hoy a Colombia.

Todo ello contrario a otras selecciones de fútbol que, como la chilena, se negó a jugar partidos en solidaridad con su pueblo que estaba en las calles luchando por reivindicaciones sociales y por un mejor futuro de su país; reclamos similares a los que están exigiendo las inmensas masas colombianas.

La selección nuestra no fue capaz ni de ponerse una pequeña cinta negra en señal de duelo por las tantas víctimas que ha dejado el paro nacional indefinido, tal y como lo sugería el conocido comentarista deportivo Hernán Peláez, en su programa de la W en compañía de Martín De Francisco.

Esta indiferencia del equipo colombiano ante la grave crisis social y humanitaria que vive el país, quizá fue el detonante que impulsó a los aficionados y pueblo en general, a desentenderse de su selección y a pensar más en sus propios problemas que gritar o celebrar un gol. Por eso, en la noche de este 3 de junio, el festejo, la alegría, las caravanas y el jolgorio estuvieron ausentes de la victoria del conjunto tricolor.

Las barras de los distintos equipos han tomado partido abierto a favor del paro, y a través de las redes sociales habían mostrado su inconformismo no solo con la realización de estos partidos de las eliminatorias de Catar 2022, sino de la participación en la Copa América, bajo la válida consigna que “con estos eventos se pretende tapar la sangre y los crímenes de lesa humanidad que han cometido las fuerzas del Estado contra los manifestantes”.

Pero esta actitud de los seguidores de la selección nos deja otros interrogantes. ¿El fútbol que como la religión han sido utilizados para adormecer e idiotizar, comenzó a pender estos mágicos encantos? ¿Ya las actividades deportivas que toman como cortinas de humo para distraer la atención de problemas reales no les funciona? Estas y otros preguntas pueden tener sus respuestas.

Nos aventuramos adelantar algunas: la gente joven que, en su mayoría, es la que está sosteniendo el paro, están mejor preparados y capacitados políticamente que los de ayer, y por ende no son tan fácil engañar. Los señuelos no los digieren tan cómodamente, mucho menos un partido de fútbol para olvidar los sufrimientos del pueblo colombiano.

La psicología de masas se ha transformado, y un partido de fútbol o una competencia ciclística ya no sirven para cambiar el rumbo de un movimiento social como el que está viviendo Colombia. 

Este negocio del fútbol profesional, mafioso por esencia, manejado por personajes oscuros y sibilinos, siempre se ha prestado para ocultar crímenes de lesa humanidad cometidos por dictadoras militares sangrientas como en la Argentina, Chile y Brasil; Colombia no será la excepción, aunque aquí el responsable es un régimen autoritario y neofascista vestido de civil.


La columna escrita por Humberto Leyton no representa la línea editorial del medio El Cronista.co



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