Opinión

sábado, noviembre 20, 2021

A propósito de Ciudad creativa Unesco

Todos nos unimos a la fiesta por la designación de Ibagué como Ciudad Creativa Unesco. Pero no nos digamos mentiras. A lo largo de la historia, ningún gobierno ha tenido que ver con el tema. Todo ha partido de la sociedad civil, porque en Ibagué, política cultural, poca.
A propósito de Ciudad creativa Unesco

Desde los albores del siglo XX, la cultura en Ibagué ha sido impulsada esencialmente por organizaciones privadas y ciudadanos que convirtieron la pequeña villa en un espacio en donde se podía respirar arte.

En 1905, la Sociedad de Embellecimiento y Ornato de Ibagué, creada por Alberto Castilla con el apoyo de las familias Torres, Melo y Botero, realizó veladas lírico literarias que sirvieron para construir la alcantarilla de la calle real, entre otras obras de  urbanismo. Serían estas veladas las que le permitirían a Castilla crear en 1906 la Escuela Orquesta, germen de lo que sería el Conservatorio del Tolima.

Los coros, la celebración del centenario de la independencia, la revista Letras, el periódico El Renacimiento, la revista Tolima y el Conservatorio mismo, fueron iniciativa privada. A excepción de la banda de música del batallón Bárbula, las academias, la pintura, la danza y hasta el teatro Torres y el Salón Apolo, nacieron de la sociedad civil.

No ha existido a lo largo de la historia, una política cultural gubernamental. Incluso hoy, el Festival de la Música Colombiana, el Ibagué Festival, el encuentro de norteamericanos colombianistas, y buena parte de los eventos culturales de la ciudad, son posibles esencialmente gracias a quijotes privados.

Que Ibagué haya sido incluida en la red de ciudades creativas de la Unesco es sin lugar a la duda un motivo de alegría. Sin embargo, no es un título del que pueda adueñarse ninguna administración. Históricamente, los gobiernos han mirado con desdén la cultura, un desdén evidente en los presupuestos ejecutados y en la ausencia de una política clara en el campo.

Somos Ciudad Creativa gracias a la gente que desde el siglo pasado se ha jugado los sueños para hacer de Ibagué, algo más que una ciudad de paso. El título no es ni de la alcaldía ni de la mamá del presidente. Es de la sociedad civil, de las organizaciones culturales locales que insisten, en medio de las dificultades, en elevar su voz.

La designación exige al municipio integrar la cultura y la creatividad en sus planes de desarrollo. Pero esa exigencia es mucho más que hacer discursos inútiles en los mamotréticos documentos burocráticos. De lo que se trata es de presupuesto. De crear una política pública seria, de concebir la cultura y la creatividad como un polo de desarrollo humano, social y económico para la región. Desde hace mucho tiempo, muchas voces, en las que me incluyo, hemos defendido la vocación cultural como parte esencial de ese desarrollo, porque si nos quedamos con la vocación microcomercial actual, seremos, parafraseando a Víctor Gaviria: Ibagué no futuro.

Quizá, con el “compromiso” asumido con Unesco, los gobiernos asuman con seriedad el tema, porque ese, nunca ha existido, al menos en el último siglo.



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