Historias

sábado, junio 18, 2022

Recuerdos atemporales de la Violencia

En vísperas de unas elecciones que recogerán el odio y resentimiento de varios sectores de la nación, esta crónica recrea por medio de relatos errantes en el tiempo, una época en donde el territorio se tiñó de la sangre de conservadores y liberales.
Recuerdos atemporales de la Violencia

Por: Juan Sebastian Giraldo


Huíamos por la plaza principal de El Tablazo mientras los números del uno al diez eran pronunciados en voz alta por el encargado de buscarnos. Mi corazón palpitaba por el miedo de ser encontrado de manera prematura. Otrora, el corazón de mi abuelo se aceleraba en la misma plaza por el miedo a encontrar al liberal que estaban buscando. Lo iban a ejecutar.

Corría la década de los 50s en Colombia, Jorge Eliecer Gaitán había sido asesinado en Bogotá hace no mucho tiempo y se desarrollaba una guerra civil entre liberales y conservadores. En cada rincón del país se vivía una Violencia con ‘V’ mayúscula.

El Bogotazo fue el combustible que enardeció los odios entre los simpatizantes de ambos partidos tradicionales, una ola de violencia que se esparció por varios departamentos y que tuvo grandes repercusiones en el Tolima.

Al igual que la Violencia, esta crónica no inicia en el departamento del Tolima. Mi abuelo, Antonio Clareth Giraldo, hijo de una familia de sepa conservadora, se crío en un pequeño sitio lleno de cafetales y montañas: Bolivia, un corregimiento del municipio de Pensilvania, en Caldas.

Su hogar no era muy distinto al de otras familias de la época. Sus padres tuvieron unos 20 o 22 hijos (el número no es exacto debido a que varios murieron siendo niños), todos vivían del trabajo de la tierra, la mayoría no terminó la primaria, y en casa, la palabra de su progenitor, Jesús María Giraldo, era orden.

Todo cambió cuando a sus 17 años, su padre recibió la visita de Toño Mejía, uno de los pájaros más peligrosos del norte del Tolima. Mejía, a sabiendas del color azul que portaba la familia Giraldo en ese entonces, decidió visitarlos e invitarlos a El Tablazo, uno de los corregimientos más importantes y más azules del municipio de Fresno.

La invitación fue inicialmente rechazada por Jesús María, debido a los rumores de la violencia latente en El Tablazo; sin embargo, Toño Mejía insistió, diciéndole que su familia estaría segura siempre y cuando fueran conservadores.

  • Camine, vámonos mijo— Fue lo que le dijo Jesús María a mi abuelo, después de un rato de conversación con Toño Mejía.

El Tablazo que conoció Clareth era un asentamiento mayormente rural con grandes zonas de tierra sin cosechar y donde ningún liberal podía poner un pie. Muy diferente fue la primera impresión que tuve cuando niño. A inicios de los 2000 era un pueblo pequeño con muchos palos de guayaba y donde todos los niños jugaban fuera de sus casas.

Entre semana, los días de mi abuelo no fueron muy distintos a los de su tierra natal. Junto a su padre y hermanos trabajaban a contrato en diferentes fincas. Deshierbar, plantar y recolectar, caracterizaban sus jornadas. 

Otra historia era la que se vivía los fines de semana, cuando su familia iba a la plaza central para comprar víveres y demás. No solo peleaban y mataban, sino que se dividían, tanto literal como figurativamente.

  • Eso se formaban unas macheteras las berracas. Los buscaban mucho a los liberales, no se la llevaban bien con la gente de Pavas porque eran liberales. Había un señor del que decían que el día de mercado que no matara a alguien, no quedaba contento.

Las afueras de la plaza de mercado de El Tablazo fueron epicentro de centenares de muestras de intolerancia y violencia. Los fines de semana los hombres se emborrachaban en una cantina aledaña a la plaza, después de un rato, cuando los tragos los desinhibían un poco, sacaban sus machetes y amenazaban a quienes ellos consideraban liberales.  

En mis tiempos, las guerras en la zona aún estaban presentes. Me escondía detrás de palos de aguacate y tenía presentes los surcos más anchos de la montaña para huir en caso de que algún primo me atacara. Cargaba en la mano terrones que arrancaba del suelo y que servían para defenderme de algún familiar que intentara arrojarme un balde de agua mientras jugábamos en el campo.

Los actores de la Violencia

La historia no la construyen únicamente los sucesos, sino también los personajes. La matanza en el Tolima tiene varios nombres y apellidos, o al menos sus alias. ‘Pájaros y Chusmeros’ se encargaron de manchar con sangre la discusión política del país, de la cual sus ciudadanos poco o nada sabían.

  • ¿Por qué los conservadores odiaban a los liberales?
  • No, pues eso hacía uno como conservador. Por el partido y la venganza, eso era— Me respondió mi abuelo con algo de desconcierto.

Ese odio lo conoció en carne propia la familia Giraldo. ‘Desquite’, un chusmero, fue el encargado de asesinar a tres primos de mi abuelo en Manzanares, municipio de Caldas que limita con el Tolima.

  • Los cogió abajo y los mató a todos. Los tres iban en la volqueta del municipio, iban como que a trabajar por ahí por Marquetalia, allá los mataron. Desquite era un guerrillero, un matón. Lo perseguían mucho y lo vino a matar el General Matallana.

El General José Joaquín Matallana dirigió importantes acciones en contra de ‘Pájaros y Chusmeros’ en los llanos orientales, lo que lo hizo acreedor a la Orden de Boyacá; sin embargo, no fue el único sitio donde tuvo relevancia. En el norte del Tolima y el bajo Caldas, dio de baja a varios cachiporros como Sangre negra, Punto Rojo y Desquite.

El Tablazo estuvo militarizado durante mucho tiempo. En ese entonces, el General Matallana era el encargado de coordinar todos los movimientos militares en la zona, lo cual le permitió ganar admiración entre los habitantes del corregimiento. En cierta ocasión le preguntaron por qué no asesinaba a ‘Tiro fijo’, ya que, según ellos, así se acabaría la guerra.

  • Yo no puedo con esa gente, ‘Tiro fijo’ tiene 2000 soldados y yo tengo 60— respondió sin vacilar el General.

En El Tablazo los liberales eran repudiados y hostigados hasta el punto en que consideraban, se les debía exterminar. Por otro lado, los conservadores y principalmente ‘Los Pájaros’, eran respetados y temidos. Toño Mejía y su sobrino Javier Mejía, eran los godos más reconocidos del pueblo. En general, la familia Mejía era una gallada de devotos religiosos y homicidas.

  • El Tablazo lo dirigía ese señor y la familia. Se la pasaban rezando en la finca de ellos y matando liberales. Liberal que veían, liberal que mataban. Uno de los más malos fue el sobrino, nunca supe cuántos mató, pero la gente decía que más de 100.

No todos los pájaros gozaban del mismo renombre de los Mejía, algunos pasaban más desapercibidos, como la familia de don Samuel Giraldo. Y aunque compartían apellido con la familia de mi abuelo, no los unían los lazos sanguíneos. Ambas familias eran cercanas debido a la amistad de sus hijos, Clareth y Samuelito (Hijo de don Samuel).

No era una relación de mejores amigos ni mucho menos, simplemente se daban cita en la cantina del pueblo de vez en cuando. Compartían tragos y charlaban sobre temas cotidianos.

Cierto día Clareth quedó atrapado entre la espada y la pared debido a una invitación de Samuelito. El plan era asesinar a un liberal que venía desde Honda camuflado como conservador. De inmediato, mi abuelo recibió un revolver para completar la tarea, sus camaradas organizaron el plan a seguir para que no se escapara el collarejo.

  • Yo me quedé callado porque estaba muy novato, no sabía qué responder porque si me negaba me aporreaban a mí o hasta me mataban pensando que era liberal.

Los planes en El Tablazo nunca fueron muy organizados. Salíamos a jugar escondite, otras veces a La Lleva, y cuando éramos muchos niños armábamos un partido de fútbol. En el caso de estar en la finca, asustábamos a las gallinas y huíamos de los piscos que nos perseguían. Al final de la jornada lo normal era balancearse un rato en la hamaca contigua al solar.

Clareth tuvo que pasar por planes más organizados. Samuelito y sus amigos ocuparon todas las salidas del pueblo para cazar a su presa roja. En Tres esquinas estaban mi abuelo y él, otros dos muchachos armados se fueron para la salida de Cascabel, y uno más esperaba atento en la salida hacia el Fresno.

Al final de la jornada, nunca apareció el collarejo y Clareth no tuvo que mancharse las manos de sangre roja. Se rumorea que uno de los conservadores del pueblo supo del plan de Samuelito y sintió lástima por el liberal, así que le permitió escaparse por la ventana de su bar y huir cruzando el monte.

  • Yo le recibí esa arma a él, pero sin saber nada, ni siquiera disparar porque él no me explicó. Yo le di muchas gracias a Dios porque ese señor no apareció. Yo estaba metido en la olla con esos muchachos. Sabía que eran sectarios, pero no que hacían esas cosas.

Una línea imaginaria que separó en dos la moda

Fresno, vigilante de la alta cordillera y de casta arriera, es uno de los municipios más importantes del norte del Tolima. Propios y visitantes resaltan la amabilidad de su gente, su producción agrícola y la paz que se siente en los adentros del pueblo. Una perspectiva que corresponde a sus años más recientes.

En la Violencia, Fresno fue dividido por una línea absurda e imaginaria que determinaba las zonas políticamente homogéneas. Los conservadores ocuparon la parte norte del municipio, mientras, los liberales se establecieron en el sur del pueblo.

Aquella información era de vital importancia para la supervivencia de los visitantes novatos que llegaban. Un joven Clareth que rara vez salía del corregimiento, decidió conocer Fresno. Partió creyendo que las cosas funcionaban igual que en El Tablazo, y se fue con una camisa azul.

Los pasos de Clareth lo llevaron a recorrer todo El Camellón, la calle del comercio del municipio. Más tarde decidió cruzar hacia abajo y se percató de que había tres hombres tomando cerveza en una esquina y vestidos totalmente de rojo. Tan pronto vio que se pararon de su asiento, salió corriendo despavorido hacía el parque, en la parte conservadora.

  • Ya viéndoles el color dije: esto por aquí está peligroso. Se quedaron mirándome y me echaron un madrazo. Me devolví de una vez y cuando estaba llegando le puse como viento al culo y fui subiendo— Contaba entre risas.

De niño vestía de color verde, mi madre prefería el rojo, pero a mí me gustaba el verde porque era del color de las plantas y la naturaleza. Mis contemporáneos del pueblo vestían también de colores muy diversos, incluso los más adinerados usaban zapatos que alumbraban multicolor con cada paso. Los únicos colores por los que se discutía eran los del equipo de fútbol que apoyábamos.

Entre los 50s y 60s la división del pueblo conllevó a una serie de peripecias para sus habitantes. Los cachiporros que quisieran asistir a misa debían entrar camuflados por telas azules y no hacer mucho ruido si no querían problemas con los godos. El billar del pueblo también estaba en la parte conservadora, por lo que fue necesario construir un billar para liberales, el cual se conoció por mucho tiempo como “El Machete”.

En los 2000, hacíamos grupos de cuatro o cinco personas, salíamos en bicicleta desde el parque, corríamos por todo El Camellón, luego subíamos hasta el barrio Obrero, allí apostábamos un refresco para ver quién bajaba primero todo Tarroliso y llegaba al Colegio Niña María, al sur del pueblo. En ese entonces no sabíamos del valor de tener todo el pueblo disponible.

En El Tablazo, corregimiento de la parte norte del Fresno, mi abuelo fue un rebelde por momentos, ya que una de sus camisas favoritas era de color rojo, prenda que de vez en cuando se ponía en casa. Ese gusto culposo alguna vez pudo acarrearle problemas con un pájaro muy buen amigo suyo, Rancho Paja.

  • Usted, Clareth, tan conservador, vaya quítese esa camisa, hombre, deje de pendejear con eso— Le decía Rancho Paja, cuyo nombre real era Justo.

Mi abuelo siempre se rehusó a quitarse la camisa a pesar de la molestia de Rancho Paja, una actitud de excepción porque eran muy buenos amigos y sus padres se conocían. En otra ocasión o en otro sitio era algo que no podía permitirse, ni siquiera con Rancho Paja, otro godo que disfrutaba matar liberales.

Clareth nunca supo nada sobre ello de boca de Rancho Paja, ni tampoco lo vio matando a alguien, pero en el pueblo todos sabían lo que hacía. Cada cierto tiempo se dirigía acompañado de dos conservadores al cruce entre las veredas de Santo Domingo y La Ceiba, allí resguardaba un rato hasta que por casualidad pasara algún liberal.

Según dicen, después de asesinarlos, se echaban al hombro los cuerpos y caminaban hasta una cañada, allí arrojaban los cuerpos para que el río Gualí se los llevara. Lo único que Justo le profesaba a Clareth era que odiaba profundamente a los liberales. 

Fresno, un pueblo de misticismos y leyendas

En mi niñez, las leyendas y las amenazas de las madres aún eran de un corte regional y religioso. Nos asustaban con el Coco, el Diablo, las brujas en forma de pavas y nos amenazaban con que el Niño Dios no nos traería regalos en Navidad. No teníamos muy presentes a los súper héroes de Marvel o DC, y éramos muy jóvenes para haber visto a Macgyver, así que no teníamos una noción muy clara de los súper héroes.  

En la Violencia, el misticismo que rodeaba la figura de algunos pájaros era bastante llamativa e incluso se le podía relacionar con algo similar a un súper héroe. Se les atribuía habilidades sobrehumanas para escapar de las redadas de la fuerza pública y siempre salirse con la suya.

Tal es el caso de un viejo pájaro que portaba una leyenda en El Tablazo. Contaba mi abuelo acerca de un hombre muy pequeño que tenía la habilidad de engañar a la Policía siempre que intentaba atraparlo.

  • Hacía fechorías, robaba, mataba. Un día se fueron detrás de él y cuando ya lo estaban alcanzando encontraron fue un racimo de plátano. Arrancaron un poco de plátanos y dijeron que ahí no había nada. Cuando la policía se fue volvió a aparecer el viejito con la camisa rota por todos lados. Esos eran los plátanos que se habían comido.

Al igual que esa, las historias de los godos están llenas de atribuciones mágicas. Algunos creían que podían convertirse en chulos y salir volando para no ser atrapados. Otros decían que la única forma de capturarlos era ligándoles las piernas o los brazos con brujería. El miedo y la locura de la época de la Violencia permeó cada uno de los campos de la vida diaria.

El ocaso de la Violencia

  • ¿Cuándo se empezó a acabar esa época?
  • Eso se extendió por varios años, incluso después del golpe de estado. El cambio se empezó a notar con los Gaona. Una gente de Pavas que estaba vetada de El Tablazo por ser liberales.

Pavas fue una de las veredas más liberales del Fresno, allí, los Gaona eran una de las familias más importantes. En su momento se les amenazó, si pisaban El Tablazo salían muertos. Pero lo que comenzó con macheteras y brutalidades en una cantina en la plaza del pueblo, inició su ocaso en el mismo sitio. El día en que los habitantes del corregimiento vieron a los Gaona tomando cerveza en aquella cantina, entendieron que una época se estaba acabando.



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