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jueves, septiembre 17, 2020

¿Y ahora quién podrá defendernos?

Este es un análisis de los recientes acontecimientos de orden público en el país, vistos desde la óptica de un ex-oficial de la policía que califica los hechos desde el punto de vista de un uniformado de esa institución. Por: Cp. Roberto Ortiz villa
¿Y ahora quién podrá defendernos?

“Cuando  el  saqueo  se  convierte  en  el  modo  de vida    de  un  grupo  de  hombres en  una  sociedad,  no tardaran  sus dirigentes  en  crear un sistema legal que lo  autorice  y  un  código  moral  que  lo  glorifique".

 “Frederick  Bastiat  - 1.848

Con una sorprendente  difusión  está apareciendo en todos los medios, este mensaje  que no es cosa diferente  que una  instigación a la rebelión y al delito: “Es la juventud la que se lanza a las calles, es la oportunidad de hacernos sentir, eso no es caos, invito a las juventudes de Colombia Humana, a seguir en pie de lucha. la muerte de Javier no puede ser desperdiciada. #todoscontralaPolicia- Ni uno activo, ni un Cai en pie". En contraste, no podemos dejar pasar la oportunidad  de  presentar  esta acertada reflexión del  Coronel (RA)  Héctor Álvarez Mendoza, psicopedagogo, experto en los asuntos de seguridad  y quien con  el  apoyo del alcalde  de Bogotá  Dr. Julio César Sánchez  fue  el gestor  de los “Centros de Atención Inmediata"  en el año 1.987. Estamos mamados, traigan a Robocop.!Muy tristes y lamentables los sucesos de los últimos días que se suman al cúmulo de padecimientos que hemos tenido que soportar los colombianos durante esta inédita pandemia y sus incómodas pero necesarias dosis de aislamiento y restricciones a nuestra libertad individual.

Tales exigencias han sometido a prueba hasta a los espíritus más maduros y equilibrados y, justo es reconocerlo, la gran mayoría de conciudadanos han superado exitosamente y con admirable disciplina la ominosa situación. La reciente muerte de un ciudadano por un procedimiento exagerado o erróneo por parte de miembros de la policía y las trágicas secuelas de destrucción y vandalismo resultantes, obligan a un juicioso análisis, alejado de emociones y ánimo recalentado y revanchista que no beneficia a nadie. Qué estuvo mal manejado el asunto del señor Ordoñez, hasta ahora, nadie lo pone en duda. Como todos los colombianos de bien, ante la muerte de cualquier colombiano, lo lamentamos y expresamos nuestra preocupación y solidaridad con sus parientes, amigos, vecinos y allegados y confiamos en que las autoridades competentes esclarezcan las circunstancias del hecho y logren ofrecer pronta y cumplida justicia en este caso. Como lo que se ha esperado cuando las víctimas son los soldados y policías colombianos que durante mucho tiempo han dejado jirones de piel, ojos, piernas y brazos y aun sus propias vidas al servicio del bienestar y la seguridad de sus compatriotas.

Pero tratemos de interpretar la verdadera motivación y el contexto de los escenarios y la situación que propiciaron y seguirán estimulando tales desafueros.

Es preciso reconocer que los policías y soldados de Colombia vienen cumpliendo sus difíciles funciones en ambientes cada vez más tensos, hostiles y peligrosos. Ya es paisaje ver en redes sociales, noticieros y otros medios de comunicación a soldados agredidos por indígenas enfurecidos, en territorios a donde acude el ejército a proteger los derechos de las mismas comunidades, de donde son expulsados por la fuerza a bastonazos, empujones, insultos, golpes, “planazos” y hasta con culatazos de las propias armas de dotación oficial, arrebatadas de sus manos, que los agredidos servidores, en una demostración de profesionalismo y fortaleza ejemplares, se han abstenido de levantar contra sus agresores.

Y en ciudades, pueblos y aldeas, es un chiste y una sabrosa entretención, compartir alegremente en las mismas redes, videos de la recurrente escena de uno o dos policías que en múltiples ocasiones y sitios del país, cumpliendo con sus deberes, acuden a atender un simple caso de policía y son recibidos a golpes, insultos, agresiones e irrespeto por turbas de malandrines, vagos y borrachos para quienes tan abusiva y peligrosa conducta, que, como en cualquier “corraleja” de la costa, se convirtió en un simpático acto de entretenimiento, infaltable y propio de sus habituales programas “culturales”. Y ni hablar del trato recibido, cuando se trata de controlar desmanes de los encapuchados de siempre en cualquier marcha de protesta, celebración o luto. Los ladrillazos, las “papas bomba” y los “cocteles molotov” vuelan como palomas asustadas sobre la humanidad de los servidores públicos, que dejan sus propias familias desamparadas por acudir a proteger la tranquilidad, la vida y los bienes de quienes, ni los aprecian, ni los respetan, ni les muestran una pizca de gratitud. Sin embargo, a esos mismos policías de carne y hueso les exigimos diariamente tino y templanza en su actuar, aun en medio de las peores condiciones de tensión y riesgo. Hasta el menudo y cotidiano cumplimiento de sus obligaciones en el rescate y preservación del espacio público, le aporta al policía callejero momentos de frustración y pena.

Los mismos que rabiosamente alegan que en las calles de la ciudad ya no hay aceras por dónde caminar, critican con dureza cualquier intento del policía para la recuperación del espacio urbano, necesario para transitar con seguridad. Aun así, señor policía, si lo agreden, aguante y ponga la otra mejilla. ¡Cuidadito con meter la pata..!Da la impresión que algunos policías, afectados por las flaquezas propias de los seres humanos, que también lo son, a pesar del profesionalismo y sentido del sacrificio que los distingue, están alcanzando el tope de sus niveles de tolerancia ante situaciones tan estresantes y complejas. Parecen cansados de ser siempre los mansos y sufridos receptores de ataques, golpes, pedradas, papas bomba, emboscadas, insultos, histéricas desautorizaciones y regaños en público, a grito herido y a los cuatro vientos, criticas desconsideradas, disparos y hasta “baculazos” de subversivos, encapuchados, sindicalistas, estudiantes expertos en pedreas, asonadas y explosivos, narcos, vagos e infiltrados de allende la frontera, paramilitares, milicianos, delincuentes, revoltosos, políticos oportunistas, algunos periodistas, colectivos de abogados, arzobispos, concejales, ex presidentes, ex alcaldes, alcaldes, alcaldesas, “alcaldotes” y “alcalditos” de todo el país y hasta del vecindario y de cuanta ONG y corte foránea y “mamertoide” que decida pronunciarse y meter las narices en nuestros asuntos.

Se habla entonces de reformar la policía por la ocurrencia de algunos trágicos y humanos errores de procedimiento. ¿Me pregunto? no será que hay tareas pendientes y más antiguas y necesarias de reformas urgentes como la de la justicia con su politización, sus “puertas giratorias”, su paquidermia y sus “carteles” de togas y testigos dudosos, el congreso, algunos de sus congresistas, (afortunadamente, no todos) y su corrupción, el mercado de votos y los micos de siempre, las “investigaciones exhaustivas” de las “IAS”, el sistema penitenciario, con más fugas, fallas y sindicatos que servidores.

La cancillería y sus inexcusables errores en la elección de sus vías de correspondencia y el manejo de algunos protocolos diplomáticos; los elefantes blancos, las obras publicas eternas, con sobrecostos y mal terminadas, los puentes derrumbados, mal diseñados, algunos sin conexión a camino alguno y hasta sin ríos, carreteras colapsadas, ruinosa importación de carros de basura oxidados e inservibles, el trasiego de bolsas de billetes por debajo de la mesa, el oscuro caso Odebrecht, los hackers y los tiovivos de la contratación, además de un sistema educativo contaminado con odio de clases, ideas y modelos obsoletos, extremistas y fracasados en el mundo entero, casos de acoso sexual y extorsivo de docentes a sus alumnos y alumnas y ralentizado además por pesadas anclas sindicales, que, en defensa de sus privilegios, sistemáticamente paralizan el país y obstaculizan hasta la adopción de mejores y modernos métodos de autoevaluación y progreso.

No nos quepa duda, al paso que vamos, y con la activa campaña de ingratitud, maltrato y desprestigio a la que está siendo sometida la Policía Nacional de los colombianos, se corre el riesgo que en el futuro, ningún joven quiera ingresar y servir en una profesión con tantos riesgos, tan incomprendida, maltratada e injustamente vilipendiada. Para procurar la indispensable protección y amparo de la creciente delincuencia que nos agobia, a lo mejor va a ser necesario contratar a ROBOCOP ”.

Con dolor de patria y angustiosa impotencia , vemos que esta es una situación  manipulada , tanto por grupos políticos nacionales como por intereses  extranjeros . A la Policía Nacional se le ha cogido como la “manzana de la discordia”, pero el meollo  es mucho más profundo :   Es la policía  el elemento fundamental y representante de la autoridad, al  minimizar este  “ente” material (la Policía), se está acabando con la autoridad, para dar rienda suelta a  la  anarquía, o sea “ la ausencia de Estado  o Poder Publico “, y así  presentar al gobierno como un incompetente incapaz de  dirigir el país. En esta absurda campaña, sus promotores salen incólumes posando como defensores del pueblo, instigando su rebeldía contra la autoridad (la Policía ).

Los medios que ahora dictan doctrina sobre lo divino y lo humano , han puesto de moda y reclaman sobre los protocolos, que solo tienen valor a nivel académico , en la realidad hay dos áreas que no dan tiempo para llenar  protocolos: los casos de policía y las  urgencias  medicas. Tanto unos  como los otros, deben estar preparados  para actuar de manera inmediata.

 

 Por: Cp. Roberto  Ortiz villa, Capitán (RA) Roberto Ortiz Villa



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