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sábado, enero 09, 2021

Vida y muerte en el ruedo

Pepe Cáceres sigue siendo una leyenda en el campo de la tauromaquia. Corto orejas, salió en hombros de muchas de las plazas del mundo. Tiene canciones contando su historia como la interpretada por Noel Petro o Jose Faxir Sánchez.
Vida y muerte en el ruedo

Permanecer 38 años en el ruedo como un torero que encarnó su propia leyenda, señala a Pepe Cáceres, quien vistió de gala las arenas de latinoamérica y España, que fue maestro en el manejo del capote, inauguró no menos de diez plazas y tuvo un alma torera desde la montera hasta sus zapatillas, como un hazañero permanente que recibió su doctorado taurino en la famosa plaza de Sevilla en 1.957.

José Eslava, quien nació en Honda el 16 de marzo de 1.935, se jugó la vida más de diez veces en las plazas aztecas, recibió muchas orejas y vueltas al ruedo, cornadas graves, faenas apoteósicas, y celebró sus bodas de plata en 1.981 cuando mató seis toros de diferentes ganaderías, dió cinco vueltas al ruedo y salió de la plaza en hombros cuando ya tenía 48 años encima.

El 20 de junio de 1.987, con 38 años de profesión, recibió del toro Monín una cornada mortal, después de 17 sufridas a lo largo de su carrera. Murió a consecuencia de ella el 16 de agosto luego de cientos de horas en donde sólo su coraje lo mantuvo vivo. Pero no son éstas sino las claves de su biografía que terminó siendo una leyenda en el toreo, todo desde  1.956, cuando Pepe Cáceres se preparaba en la plaza de Sevilla para recibir el doctorado taurino de manos de Antonio Bienvenida y con José María Martorrell como testigo, mientras en los corrales de La Maestranza, 6 toros de los Buendía esperaban al novillero hispanoamericano con mayor cartel del momento. Nadie sabe en qué pensaba José Eslava mientras se colocaba  el traje de luces ese 30 de septiembre de 1.956. 

Quizá recordó el momento en que ve su primera corrida en Bogotá con los Dominguín y Belmonte y queda enamorado de la arena, los pañuelos blancos y la fiesta brava, o si el recuerdo de sus padres Clementina y Carlos, que le vieron nacer en Honda el 16 de marzo de 1.935, dominan en forma completa su mente. De lo que sí están seguros quienes presenciaron el momento, es que pisó la arena con el pie derecho y con una sonrisa que parecía no iba a borrarse nunca de su rostro.

En 1.952 debuta como novillero y son los ganaderos quienes lo bautizan con el nombre que llevaría hasta su muerte: Pepe Cáceres. A finales de ese mismo año, el primero de noviembre, realiza su primera presentación en Bogotá y corta dos orejas y rabo para convertirse en el novillero más importante del país. Viaja a España y comienza su temporada el 10 de abril de 1.955, participando en diez novilladas en España y cuatro en Portugal hasta tomar la alternativa en la feria de San Miguel, con el toro Secretario. Aunque dió vuelta al ruedo, no cortó oreja por estoque: su mayor debilidad a lo largo de una carrera que le dió las mayores satisfacciones de su vida.

El 20 de enero de 1.957 debuta en Colombia en la feria de Manizales con poca suerte, pero la revancha le llegó en 1.958, cuando regresa a la capital caldense y gana por primera vez el trofeo  Réplica de la Catedral  que obtendrá en cinco ocasiones. Para los inicios de la década de los sesenta, Pepe Cáceres realiza ocho presentaciones en tierras aztecas en las plazas de Cuatro Caminos y la Monumental de México, que le valieron siete orejas y doce vueltas al ruedo, aunque recibió una grave cornada en la plaza de Laredo.

Durante más de ocho años, Pepe Cáceres no se separa de su espada ni de su traje de luces hasta 1.967, un viernes 27 de enero, cuando intentó abandonar el arte taurino. En su segundo ejemplar, perteneciente a la ganadería de Vistahermosa, recibe una injusta bronca al fallar con la espada; ofuscado, tiró el estoque y se arrancó la coleta indicando su adiós definitivo. Mientras se sentaba en el estribo, su enemigo regresaba vivo a los corrales. Poco a poco, se fue creando una reacción a su favor que se convirtió en ovación cuando se anunció que Lyda Zamora, su novia, regalaba el séptimo toro. Una faena de apoteosis. Cortó dos orejas, salió en hombros y continuó en el toreo.

Muchas veces actuó como único matador en Manizales, Armero y otras plazas, pero la más importante fue el 27 de septiembre de 1.981 en Bogotá, al celebrar sus Bodas de Plata profesionales, cuando mató seis toros de diferentes ganaderías, dio cinco vueltas al ruedo y salió de la plaza en hombros. Para esta época ya contaba con 48 años. Con 38 años de profesión, Pepe Cáceres se encontraba en la plaza de toros de La Pradera, en Sogamoso. La decisión de quitarse la coleta en enero de 1.988 ya era inaplazable, pero  la tarde del 20 de julio tenía un sino trágico.

Monín, uno de los toros  cuyo nombre no será olvidado nunca en la historia del toreo, ocasionó una cornada al torero colombiano más grande de la época. Después de 17 cornadas sufridas a lo largo de toda su carrera, esta última sería la causante de una insuficiencia respiratoria aguda que lo lleva a la muerte el 16 de agosto del mismo año a las siete de la mañana, luego de cientos de horas en donde el coraje era lo único que lo mantenía vivo.

Tomado de Internet. 

La prensa despliega grandes titulares y mensajes de todo el mundo llegan a sus familiares. El ambiente taurino se viste de luto. Cientos de toreros realizan homenajes y en diversas plazas los minutos de silencio son adornados con pañuelos blancos que recuerdan a un hombre que vistió de gala las arenas de Latinoamérica y España y que fue un maestro en el manejo del capote aunque nunca tuvo suerte con la espada. Hizo famoso un lance que realizaba con arte y belleza para llevar los toros al caballo y que los críticos taurinos bautizaron con el nombre de la Cacerina, practicado en la actualidad por muchos diestros españoles. Para 1.987, Cáceres había inaugurado 7 plazas: la de Quito en 1.960, la de Sogamoso en 1.968, la de El Líbano, en donde recibió un homenaje de sus coterraneos, en 1.978, Ventaquemada en 1.980, Calarcá en 1.981, Ibagué en 1.984 y Florencia en 1.985.

Todas guardan aún  en su arena el alma de un torero completo, desde la montera a las zapatillas. Ahora, cuando sus cenizas ya deben formar parte de la arena en donde residen los grandes toreros, miles de pañuelos blancos, banderillas, capotes y espadas rinden homenaje a un hombre tolimense que hizo del toreo su religión.

Tomado de Pijao Editores. Autor. Carlos Orlando Pardo. Escritor - Periodista - Historiador.



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