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jueves, octubre 15, 2020

Otro viaje por el tiempo

Ibagué cumplió 470 años. La música ha hecho parte de nuestra historia, de nuestra memoria, de nuestra identidad. Este es un pequeño fragmento que nos recuerda lo que fuimos. Por: Carlos Pardo Viña
Otro viaje por el tiempo

Hacia 1790, en la Hacienda El Paraíso, eje de las élites en formación del Tolima, y propiedad de la familia Varón, se realizaban las vaquerías tradicionales a las que llegaban invitados de Caldas, Piedras, Doima, la Vega de los Padres. De acuerdo con la crónica escrita por Alberto Castilla en 1922 y seguramente recogida de la tradición oral, en la tarde “venía el baile de la guabina y el bambuco y el Boston famoso con que las ibaguereñas sorprendían y dejaban boquiabiertas a todas las gentes campesinas”

Desde muy temprano aparece en los relatos una fuerte presencia de la música en la tradición campesina del Tolima y de Ibagué. En su ensayo sobre las revoluciones políticas en el Valle del Alto Magdalena, publicado en 1861 José María Samper afirma que en el territorio se tiene gusto por la pesca, la caza a pie con escopeta, la música, las canciones populares, los baile ruidosos y muy animados y las fiestas de San Juan y San Pedro, señalando cómo se trabajaba siempre cantando. A estas narraciones se suma la de Fortunato Pereira Gamba, un ingeniero, geólogo y humanista que narró aspectos de la vida en Ibagué en la segunda mitad del siglo XIX hasta que la guerra de los Mil Días lo llevó a emigrar al sur de Colombia y al Ecuador. En sus crónicas escribió

“Es algo característico en la vida del Tolima, el canto; en ninguna parte fluye la armonía como en esta sección de Colombia, todos son poetas natos y cantores; como el pájaro canta la naturalidad del instinto, se canta en el Tolima en la gran fiesta del sol esplendoroso, de la belleza de la hembra y más que todo se canta la libertad de ese suelo propicio” 

El espíritu musical y fiestero campesino de Ibagué tuvo algunas particularidades: a los elementos ecuestres y taurinos, propios de España, se le sumó la riña y el descabezamiento de gallos como relatara en sus crónicas publicadas en 1884, el viajero francés Eduardo André, a quien también le impresionó el sentimiento religioso de los ibaguereños, especialmente con relación a los funerales. Según el cronista, que dejó consignado su viaje al territorio en 1877, al difunto lo conducían sobre una tabla inclinada, envuelto en telas de colores. Si era mujer o niño le rizaban el pelo con pepinillos, ponían una corona de flores artificiales en su cabeza y lo cubrían con oropeles y cintas abigarradas. La concurrencia, rodeando el cadáver, pasaba con asombrosa rapidez de las lamentaciones a las más copiosas libaciones y, por último, una música generalmente alegre y viva en la que predominan la guitarra o el clarinete, con acompañamiento de bombo y pandereta.

La música campesina no se limitaba al sector rural de Ibagué. Algunas prácticas iniciadas en las festividades de San Juan, como el célebre paseo al río, el baño ritual, la comida ceremonial, el aguardiente, los bambucos y el baile típico, se mantuvieron desde mitad del siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX. En su artículo Costumbres tolimenses, de 1868, Agripina Samper de Ancízar, relata que la gente del pueblo se reunían en “parranda para ir a bañarse a pie llevando unos los bizcochos, horchatas i licores; otros la música i los cohetes; música compuesta de violín, clarinete, pandereta i tambora, con la cual después del baño bailan alegremente, bajo los árboles”.

Cada vez que vamos al cañón del Combeima a comer o a ver el río, no sabemos que estamos haciendo parte de una práctica que se remonta a nuestra historia indígena y que también fue relatada por cronistas y escritores como Juan Lozano y Lozano:

“Los paseos campestres al son de tiples y guitarras, conspiran para robar a los más las energías para la noche… Los campos que rodean a Ibagué son los más bellos del mundo, hechos para el ágape rústico, para la danza al aire libre, para la ablución fluvial, para adormecerse el apagado rumor de los idilios para estremecerse en la vibración de las guitarras… a orillas del río Combeima se reúne el pueblo por grupos, en las tardes. Los aires populares de la guabina y el bambuco rasgan el crepúsculo que retarda en las colinas. Los hombres requieren su pañuelo, las mujeres, las mujeres requieren un poco, con graciosa discreción, la falda, y las danzas populares se prolongan hasta entrada la noche, bajo el embrujamiento de la música de cuerda. Las voces campesinas acompañan la nota con coplas de creación silvestre, impregnadas de intensa poesía; otros de la comitiva llevan el compás con las palmas de las manos, y sigue la danza terrígena, versión gentilísima de la persecución y del recato, de la tímida acometida y la retardada fuga, que son notas universales del amor humano”

Eugenio Díaz Castro, en su novela Manuela, señalaba que a mediados del siglo XIX, el San Juan volvía “locas de gusto” a las personas, que se unían en la fiesta con el baile del bambuco, el baño, las corridas de caballo y los gritos de ¡San Juan! y Bernardino Torres Torrente, en su obra El viajero novicio, de 1879, señalaban que durante la fiesta recorrían las calles “grupos de hombres i mujeres rasgando el sonoro tiple i entonando cántigas populares… al compás de la caña o el bambuco; el bambuco!... tu no sabes lo que es el canto del bambuco en estas tierras… es preferible a los mejores trozos de una ópera escojida”.

Las prácticas culturales campesinas, entre las que se destacan las fiestas populares, en especial las de San Juan, construían no sólo una realidad social sino que participaban en la configuración de la memoria y la conciencia colectiva. Hemos sido música, venimos de ella, nos reunimos a su alrededor. Nuestra historia dice que somos (fuimos) ciudad musical, nosotros decidiremos qué seremos.

 



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