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miércoles, marzo 31, 2021

El viacrucis de la iglesia

El viacrucis de una iglesia en crisis, con fuertes resquebrajamientos y cuestionamientos de diversos órdenes, no solamente enfrenta la escasez de vocaciones sino de feligreses y de credibilidad.
El viacrucis de la iglesia

Por: Humberto Leyton


Esa mañana de domingo de Ramos, el sol era radiante y quemaba la piel. Los feligreses hacían fila para ingresar a la catedral, mientras el gentío por la carrera tercera agitaba la ‘plaza de mercado’ desordenada y decadente en que se ha convertido la otrora principal vía de Ibagué.

Este mercado persa, no sé por qué, me hizo acordar de “El sueño de las escalinatas” de Jorge Zalamea, quizá porque el escenario era parecido al tema del extenso poema escrito sobre la divinidad, el misterio y el infierno del Ganges, donde los creyentes y los impíos forman parte de ese río que a pesar de ser sagrado lleva todo el pecado del mundo.

La tercera es la vía por donde corre todo el miasma de ricos y pobres, de religiosos y ateos, de honrados y ladrones, que tiene como punto de reflexión espiritual esa iglesia enclavada en el centro de la ciudad que guarda almas y secretos a la luz del día o en la oscuridad de la noche.

Allí, los pecadores en pos del perdón y la conversión de Semana Santa, esperaban su turno para ingresar al recinto donde en vida y bajo la cúpula de la catedral, aspiran a redimir sus faltas, sin pensar que los sacerdotes que interceden ante la gloria divina, también tienen sus pecados, muchos inconfesables, y que la iglesia en su conjunto, vive una crisis no solo de vocaciones sino de credibilidad y moral, que la hace más frágil a medida que transcurre el tiempo, y que el dogma de la fe no cala como en otras épocas.

Podríamos decir que una versión moderna y actualizada del evangelio de San Juan podría recrear la escena en que los fariseos ponen ante Jesús a la mujer adúltera para sacrificarla a piedra, pasando por alto las manchas que los corroen. Y esto nos hace pensar en algo que el The New York Times, en un reciente artículo describe la forma como el alto clero trata ciertos asuntos vitales para armonía y libertad individual y colectiva de las personas al preguntarse: “¿Con qué derecho puede hoy la jerarquía de la Iglesia Católica juzgar la vida de los cristianos? ¿Con qué autoridad moral puede el Vaticano bendecir o condenar las prácticas sexuales de los miembros de la iglesia? Se trata de la misma institución cuyos miembros son responsables —por acción o por omisión— de al menos 100.000 casos conocidos de abuso sexual a niños en el mundo, según señala un informe de 2018 de Ending Clergy Abuse (ECA), organización global dedicada a enfrentar la pederastia de los sacerdotes católicos”.

Problema no resuelto hasta el momento y que pone en tela de juicio la autoridad que tiene el clero para impartir castigos o absoluciones a sus feligreses.

Infortunadamente, la iglesia, especialmente su alta jerarquía, actúa como una transnacional de la fe y del credo cristiano, sin ningún control y autoridad que juzgue y condene sus faltas, en estos y otros pecados gravísimos que tienen a sus espaldas.

El Vaticano es un Estado con derechos y privilegios terrenales que les permite amparo y burlar leyes de otros países a través de tratados y convenios eclesiales,  que les otorga impunidad no solo en los asuntos del alma y la conciencia de los hombres, también  en temas financieros y de otras índoles.

En esta segunda Semana Santa con la pandemia a bordo, la orientadora y guía de millones de cristianos y creyentes, afronta su propio viacrucis no solo por la reducción de sus ingresos económicos a consecuencia del virus, sino a la cantidad de problemas sin resolver desde hace siglos en asuntos de moral, ética y valores cristianos que ellos pregonan pero que no cumplen, comenzando por la discriminación a la mujer que no se le permite escalar a posiciones de mando en la esa organización eclesial.

Pero sería injusto condenar a la iglesia en su conjunto. Allí existes verdaderos sacerdotes y jerarcas que cumplen cabalmente con su misión, que permanecen fieles a los principios bíblicos, y al servicio de su pueblo, que viven sus necesidades y claman por soluciones sociales para mitigar las penas que padecen en la tierra. Este grupo de hombres y mujeres, muchos de ellos han sacrificado sus vidas por la libertad de su pueblo: Monseñor Óscar Arnulfo Romero en el Salvador y Camilo Torres en Colombia, son dos ejemplos del vecindario, pero hay muchos más.  

Este juicio no es exclusivo para la Iglesia Católica, también para los llamados evangélicos, cristianos o protestantes. Ellos tienen sus pecados y yerros.

En la práctica son sectas fuera de control que se prestan para cometer los pecados mundanos de los católicos, pero además, para el comercio descarado de la fe esquilmando los bolsillos de los inocentes ‘hermanos’ y, en ocasiones, para el lavado de dineros mal habidos, como ya ha sucedido en Colombia y en otras partes del mundo. Y fuera de eso, se prestan como mulas obedientes en las elecciones para apoyar a los líderes y candidatos más retardatarios y oscuros de la ultraderecha. 

La fe no solamente mueve montañas y multitudes de gente, también inmensas cantidades de dinero que ni las más grandes transnacionales tienen para comparar.

En medio de este laberinto religioso, los jerarcas de la Iglesia Católica como los pastores de las iglesias evangélicas, en medio de sus contradicciones, cumplen los papeles de Judas y de Pilatos a la vez. Por un lado, traicionan a sus fieles y, por el otro, se lavan las manos y se presentan como salvadores de almas temerosas, porque el miedo es el instrumento que mueven los unos y los otros para atemorizar y subyugar a sus seguidores.

Ya es conocido que ante las críticas a la iglesia como institución, dentro de la ideología que a través de los siglos han profesado sus estructuras, cambian ciertas cosas en apariencia, pero se mantiene intacta su organización de poder y de deseos de mantener influencia sobre millones y millones de creyentes con un rigor autoritario.

Estas estructuras de la iglesia, concentradas en la administración del miedo y del ansia de los creyentes, controlada por la autoridad sacramental del clero o los pastores, ya no parece ser tan sólidas, tan imbatibles. Tienen profundas fisuras y cuestionamientos.

Al paso que van, corren el riesgo de quedarse sin fieles y sin dios. 



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