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domingo, mayo 16, 2021

El piano que llegó de Hamburgo

El historiador Luis Gabriel Calderón presenta la historia profunda narrada con abnegado acierto sobre uno de los mayores símbolos del Líbano. De esa insignia se desprende la profusa riqueza cultural de la gran aldea como denominó al Líbano el maestro de maestros Eduardo Santa.
El piano que llegó de Hamburgo

Por Luis Gabriel Calderón

Fundamental, el sostenido fortalecimiento educativo en el desarrollo cultural del Líbano en todas sus manifestaciones. 

Data de 1869, con la debida participación de la distinguida pedagoga Susana Angarita Santa vinculada en Bogotá por el fundador Isidro Parra, apoyo importante en la creación del único centro de formación del poblado. La institución se instala en casa del ilustre librepensador; ahora, en la divulgación del inglés, francés, alemán y maestro en la práctica del espiritismo. 

Conocedor de historia y geografía universal, dimensionaba sobre mapas la redondez y movimientos del planeta; expectante, la ciencia aplicada en la medición del tiempo con su diferencia horaria; inusitada curiosidad la ubicación de nuestro terruño, información que eclipsó el imaginario local: la realidad se amplió hasta los más lejanos y sorprendentes lugares.

Enterado en Medellín de la reciente llegada a la ciudad del primer piano marca Steinway, adquirido por el señor Diego Echevarría en Alemania, entusiasmó a Isidro Parra a iniciar con prontitud el trámite de importación del maravilloso instrumento musical.

Desde su fundación, el excelso café del Líbano había entrado al mercado mundial, creando un privilegiado canal de cultura europea. Asociado Isidro Parra con la exportación del grano hacia Alemania, legaliza mediante una carta en idioma alemán el compromiso de compra de un piano marca R Kortenbach al señor Frúger R Henkel, propietario de la prestigiosa fábrica en Hamburgo.

Posteriormente, el tan esperado correo del señor Henkel le confirmaba el oportuno envío del piano en barco: cien kilómetros por el río Elba, luego fletado en el Mar del Norte en uno de carga con destino a Barranquilla-República de Colombia- América del Sur, recorrido que en condiciones normales tardaría tres meses.

Optimista, Isidro Parra anticipó su visita a Barranquilla disfrutando cómodamente días tropicales y la buena mesa caribeña. Dispuesto al diálogo abierto, atento con el devenir de las naciones adelantadas, promovió importantes reuniones con la afianzada colonia alemana.

Pasión por lo que se hace, emprende con el piano un atractivo viaje contracorriente por el río Magdalena abordo de un vapor adscrito a la compañía de navegación “De la Boca del Río Magdalena”, en un tramo de 931 kilómetros hasta el puerto de Honda, Estado Soberano del Tolima. Dependiendo del dragado, los remolinos y los enormes troncos de árboles enterrados en el lecho del río, el trayecto se realizaría entre ocho y doce días.

La presencia de Isidro Parra, el desembarque del piano cuidadosamente embalado desde Hamburgo, mereció el elogio y la admiración de una veintena de libanenses, el capataz de su finca, arrieros y ayudantes. Saludos afectuosos, abrazos interminables, numerosas felicitaciones. La bandera blanca y verde, símbolo oficial del Estado Soberano de Antioquia, tocó su fibra sentimental: infancia en la población antioqueña de El Peñol; niñez y adolescencia en la naciente Manizales; alistamiento a los 21 años con su padre en los ejércitos del General Tomás Cipriano de Mosquera, guerra civil 1860; retorno a Manizales recién cumplida la contienda y sembrador del futuro del Líbano, a partir de 1864.

Sobreponiéndose al letargo de un cálido mediodía en Honda, con algún ligero susurro de la brisa, Isidro Parra agradeció a la comitiva con frases llenas de amabilidad el efusivo recibimiento y la animó a seguir construyendo sociedad pacífica con ideas progresistas. 

En un gesto recíproco a la hospitalidad de las gentes del lugar, agregó: en Honda se camina de la mano con la historia. El primer asentamiento español se estableció en 1539 en campo habitado por indígenas Ondaimas y Gualíes. Accedió cien años después al título de villa, consagrada a San Bartolomé. Enclavada entre ríos, estratégicamente emerge Honda, el principal puerto sobre el río Magdalena: ruta central de la patria. Un fenómeno fluvial es fuente inagotable de trabajo. 

Los eternos rápidos de la poderosa corriente provocan trasbordos obligados en el puerto: transporte y almacenamiento de mercancías, alojamientos, ventas de comidas y productos propios de la comarca. Los ríos Gualí, Guarinó y otros afluentes complementan su riqueza hídrica, vida de bogas y pescadores. El ferrocarril, próximo a transitar, acontecimiento grande que hará historia. Gratitud con esta tierra caliente, a sus generosos habitantes acuciosos con la recepción de nuestro producto insignia, vía ultramar. Largos aplausos acrecentados por una halagada y casual concurrencia.

Concluida su extensa travesía intercontinental, el noble propósito de llevar al Líbano un piano, toma su último recorrido.

La misión dirigida por Isidro Parra, hombre de acciones exitosas, deberá afrontar con decisión: altibajos en terrenos diversos, climas opuestos, trochas accidentadas; en invierno, deslizamientos de tierra, la creciente de ríos y quebradas con sus riesgosos puentes colgantes de guadua o madera y la precariedad de las estancias.

Bajo un sol abrasador, el viento que sabe a calor y la transpiración constante, por un dejado camino rectilíneo que se interna en la inmensa llanura, avanza con paso moderado la expedición integrada por veintiocho personas. Adelante la fila de dos mulas transportando el piano asegurado a una parihuela, luego otras cuatro, disponibles al relevo oportuno; seis bueyes cargando provisiones adobadas, utensilios de cocina, instrumentos de labranza indispensables para mejorar senderos y atajos, elementos para acampar, seguidos de un par de perros andariegos. Arrieros alertando desvíos y peligros, vigilando el traslado del piano; fatiga, peso balanceado y marcha apropiada de las acémilas, sujeción y resistencia de la parihuela.

Las agotadoras jornadas consecutivas motivaron un esperado descanso de dos días en Guayabal. Preocupa la existencia de jaguares, pumas y proliferación de reptiles. La cacería del venado y el borugo hace parte de la consabida carne de monte. Aquí, la agrupación escucha con sumo interés a Isidro Parra. La naturaleza es tan bella como poderosa. Hace más de tres siglos la brutal conquista española lo reconoció como Volcán Nevado del Ruíz, simultáneamente con las sucesivas fundaciones de poblados esparcidos en un corredor aledaño a estos cerros: Ibagué, Alvarado, Piedras, Venadillo, Guayabal, Mariquita y Honda. Las aldeas de la montaña apenas están naciendo.

Allá, rodeado por un valioso páramo, imponente, se levanta con sus nieves perpetuas este gigantesco pico con más de 5.000 metros de altitud sobre el nivel del mar; honrado desde tiempos anteriores por indígenas Quimbayas con nombres reverentes o descriptivos: Tama, significa “Padre Mayor”, Cumanday, como “Cerro Blanco”, Tabuchía, es “Candela o Fuego”.

La crónica registra que este volcán nevado ha experimentado distintas etapas eruptivas desde hace unos dos millones de años. Durante el período actual que lleva once mil años ha entrado en erupción al menos en doce ocasiones. La penúltima ocurrió en 1595, episodio que consistió en tres erupciones presididas de un gran terremoto tres días antes. El descomunal deshielo multiplicó el caudal de Lagunilla y del Gualí, ríos descolgados de la alta montaña arrastrando piedras en cantidad hasta las más impresionantes en tamaño, toneladas de lodo y material volcánico, devastando interesantes sectores de este plan, cobrando la vida de 600 habitantes.

La reciente sucedió en 1845. Terremoto de gran magnitud, erupción monstruosa; la voluminosa masa de nieve se derrumbó con violencia represando el río Lagunilla; una parte importante del alud arreció la corriente del Sabandija afectando a Guayabal. Horrenda tragedia causó la avalancha arrasando a Tasajeras (San Lorenzo: 1895 - Armero: 1930), esperanzador pueblito de colonos y aparceros dedicados a la producción del tabaco, situado en el valle del río Lagunilla. Incontrolable la intensidad destructora de los flujos de lodo, desastre que llegó hasta el río Magdalena cubriendo de muerte a más de mil personas. Luto, padecimiento y miedo. Evento cíclico de atención perdurable. Aprendamos a convivir con las leyes de la naturaleza. Somos planeta; su protección, responsabilidad de todos.

El arriero es fuerte, corajudo, resuelto, charlatán en exceso, hábil jugador del dado y de las cartas, gustoso con la copla, el tiple, la dulzaina y el aguardiente. Honorable; lealtad incondicional con su patrón. Participa con su recua de mulas en el desarrollo de los pueblos. Voluntad, firmeza, esfuerzo conjunto; aliento y convicción en los aventureros.

Motivados, los expedicionarios se desplazaron por la explanada bordeando el pie montañoso cruzando con precaución el Sabandija y Lagunilla. Acamparon en los alrededores de la renaciente Tasajeras, próspero territorio de caminos convergentes. Isidro Parra, como es habitual, afablemente estimuló a los participantes, compartió comentarios sobre incidencias de la jornada y acató recomendaciones acerca del viraje de la caminata. Dos hombres adelante con barras, dos con recatones, dos con picas, otros con palas y azadones. Dos hombres a cada lado de la parihuela provistos de finos palos para ayudar a las mulas a equilibrar el peso del piano en el momento indicado.

Todos los días son buenos. La presencia del sol y la lluvia es la vida misma, un saber ancestral. Líbano, en un duro camino de cordillera; se abre un complejo escenario. La caravana cuesta arriba; el vuelo a la montaña. Rebasando paulatinamente ramales de la cordillera Central y sus cortos trechos allanados, el controlado transporte del piano llega con alivio de una corriente de aire puro al vistoso paraje; hoy, Padilla.

La tempranera cuadrilla de trabajadores despejando el terreno. Continúa el ascenso, cambia la naturaleza, propuesta llena de emociones. La marcha se ha detenido, orden del capataz. Entre lonas y encerados que recubren el piano se halla enroscada una culebra cascabel. Un peón la retira, de inmediato le da muerte; le extrae los cascabeles y los guarda en su genuino carriel piel de nutria, laberinto de sus pasiones. Bajando de la montaña, aparece el café sobre los lomos de las briosas mulas destino a Honda. Isidro Parra y acompañantes corresponden al emotivo saludo de felicitaciones de los alborozados arrieros.

Formidables para la carga pesada, los bueyes con paso lento y consistente llevan con propiedad el piano por un suelo agreste y escabroso hasta un interesante sitio de afluencia de viajeros, comerciantes y labriegos, comunidad activa que después acordó llamarse Convenio.

Una pausa de dos jornadas, el itinerario cumple 25 días. La topografía fija retos. La excursión vive cada relevo del transporte de la parihuela en recodos complicados de un camino arrugado que penosamente serpentea las bravas rampas de la infranqueable colina; penetra la exuberante vegetación, fresco olor a yerba, maravilloso multiverde del paisaje, la oleada de frío, la policromía del arco iris.

Desde el alto de San Juan se contempla el asombroso abismo, el río Magdalena demarcando la inmensidad de la planicie; arriba, el gris de las nubes cerrando el horizonte ocultando el Volcán Nevado del Ruíz, dominio del cóndor. Una mirada al encantador valle interandino del Líbano, los afluentes circundantes, el cedro milenario, las delineadas calles de la aldea.

Sensacional arribo de los caminantes al Churimo (Campoalegre, portal natural del Líbano); jubilosamente acogidos con atenciones gastronómicas de familiares y amigos. Las detalladas narraciones de las vicisitudes de la gira enriquecieron el reencuentro feliz.

Ambiente de fraternidad en la gran caravana ante la faena decisiva. Un descenso de cuidado, el improvisado puente por la creciente súbita de la quebrada de San Juan. La última cuesta; el camino hacia Lérida que ronda La Granja (La Unión), fonda con hospedaje y alimentación a los viajeros del riguroso tramo: Lepanto (Murillo), Volcán Nevado del Ruíz, Manizales.

Bandadas de golondrinas, la aldea en primavera. Los valerosos expedicionarios por un sendero que va separando cafetales (El Camellón, Avenida Fundadores), retornan dichosos al lugar de la vida: Líbano.

De la calle primera (hoy, carrera octava), por la carrera tercera (actual calle cuarta, Calle Real), hasta la casa del fundador (Sede de Davivienda), espacio reducido para la celebración desbordada del extraordinario suceso. Palmas y vítores al paso del piano soportado por la pareja de recios bueyes, Isidro Parra y el grueso de la caravana.

Desempacado el piano, las buenas sensaciones se intensifican con el sorpresivo hallazgo de las partituras de grandes compositores del mundo: Beethoven, Bach, Mozart, Chopin, Handel, Schubert, Liszt y Wargner. La música clásica en el espíritu libanense.

Isidro Parra; visionario, enseñanza permanente, vocación total para la paz. El nombre de su sobrino, Luis Flórez, identifica la Casa de la Cultura, recinto de conservación del piano como reliquia. “La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía”. – Ludwig van Beethoven.



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