Crónicas

domingo, junio 05, 2022

La muerte de Sandokán

Haciendo uso de las libertades que deja el género periodístico de la crónica, en esta nota su autor recrea una vivencia de su infancia, de la Ibagué del siglo XX y nos traslada a la vida y memoria de los nadie, palabreja muy de moda en los actuales momentos. Los invitamos a leerla.
La muerte de Sandokán

Por: Humberto Leyton


Con la mirada perdida en el horizonte, “El Culebrero” de ojos verdes, cabellos largos canosos, envueltos en un turbante, llora inconsolablemente por la muerte de su amigo Sandokán.

“El Culebrero” era un hombre de 1.75 de estatura, unos 50 años de edad, desgarbado, vestía siempre pantalones de dril oscuro y camisas blancas, zapatos mocasín negros combinados con blanco, usaba turbantes de colores fuertes que contrastaban con su vestimenta, y les daba poderes mágicos.

Para su trabajo, si así se le puede llamar, de adivino y prestidigitador, tenía un chimpancé que vestía con atuendos coloridos y un sombrero a cuadros. Decía que lo había traído del Amazonas y que tenía poderes espirituales especiales otorgados por la selva y los rezos de los indígenas. Lo llamaba Sandokán.

“El Culebrero” tenía un lenguaje con acento paisa y de embaucador a todas luces. Adivinaba la suerte, vendía amuletos, jarabes y curas milagrosas, en los alrededores de la antigua plaza de Chapinero de Ibagué (años 60-65). Su principal clientela eran los campesinos que llegaban a vender sus productos de la zona rural. A los ingenuos que caían en sus manos, él se les quedaba con las ganancias.

El gancho de atracción, sin duda, era Sandokán; un animal gracioso, que hacía monerías, y según su dueño, era tan inteligente que era un gran jugador de póker.

Hombre y chimpancé se fundían en un as. Eran inseparables, y se tenían como mutua compañía. Hasta llevaban el mismo nombre.  El Culebrero era un hombre solo, un aventurero y vividor en el sentido extenso de la palabra, y su mono había sido desarraigado de su hábitat natural, que solo utilizaba los dinteles de las puertas y ventanas para trepar.

Seguramente El Culebrero, para llevar ese nombre: Sandokán, había leído o visto algo relacionado con la novela de aventuras del mismo nombre, escrita por Emilio Salgari a mediados del siglo pasado, pues su vestimenta y estilo parecían imitar al pirata, protagonista principal de la esta obra.

*Sandokán en cámara ardiente*

Sin embargo, el tema y las escenas del novelista italiano eran diferentes a nuestro bucanero de agua dulce. Este era un personaje exótico que se valía de las habilidades de un mono para sacarle provecho, pues de él dependía el sustento para ambos.  Esta amistad, a su vez,  era tan profunda y sincera que  cuando murió Sandokán, el chimpancé, Sandokán, “El Culebrero”, entró en un estado de conmoción tal que lloró, sin parar, durante de tres días con su noches.

Luego de esta agonía de 72 horas, decidió embalsamar a Sandokán. Rellenó su cuerpo de cal mezclado con lejías, lo cosió con una fina fibra, y lo cubrió con una pequeña mortaja. Lo dejó una semana en cámara ardiente.

El cuerpo del animal lo colocó en una mesa mediana cubierta por una sábana blanca, y alrededor rosas blancas y rojas. La habitación donde se realizaba este singular velorio, era de unos seis metros de ancha por ocho de fondo, y formaba parte de las piezas de una vieja pensión localizada en la calle 14 entre carreras segunda y tercera.

Durante la semana de duelo, Sandokán, “El Culebrero”, gastó una suma importante de sus ahorros, que era el mismo dinero que había esquilmado a sus incautos clientes. Hubo trago para todo el que se acercara a ver el espectáculo, entre ellos vecinos del lugar, campesinos que venían a buscar los oficios del profesor Sandokán, y una que otra prostituta de las cantinas aledañas a la pasión.

Después de esta amarga perdida, “El Culebrero” perdió las facultades de sus discursos de engañifa. No volvió a reunir en círculos a los desocupados, incautos ni curiosos. Depositó a Sandokán en una especie de sarcófago, que había mandado hacer, se lo echo al hombro y despareció para siempre. En la Ibagué de ese entonces, nadie supo más de él.

Invocando a los espíritus de Frederic Pajak, en su Manifiesto Incierto, diremos que “el pasado tiene dos caras: el pasado de los vencedores, que es presente de plenos derecho, y el pasado de los vencidos, ausente del presente. Nada de lo que ha ocurrido está perdido para la historia”.  

En consecuencia, rescatamos esta vivencia de la infancia como un recuerdo a los sin nombre, entendiendo que ellos, también tienen su lugar en la historia. No tienen nombre pero tienen derecho a que se honre su memoria.

No tenemos formulas espirituales propias ni alquiladas, y entendemos que todo pasado se refleja en el presente. Nadie muere sin su cruz.



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