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lunes, enero 04, 2021

El vendedor de lotería que se volvió mujer a los 60 años

El periodista José Alberto Mojica sorprende nuevamente con una gran historia este domingo que publica el diario El Tiempo en donde Mojica es Editor de Reportajes Multimedia. Se trata de una historia tremendamente humana que el periodista encuentra en su pueblo natal, Líbano.
El vendedor de lotería que se volvió mujer a los 60 años
Ángela sueña ser predicadora de una iglesia evangélica. Defraudar a Dios, asegura, es su única preocupación. Foto: Camilo Osorio

Por: José Alberto Mojica Patiño
Fotos: Camilo Osorio

Ángela salió del clóset en El Líbano (Tolima). Un ejemplo de gallardía en una sociedad machista.

Se hace llamar así: Ángela. Se resiste a aceptar que la cobija la sombra de otro nombre. Se llama Ángela, pero también se llama Miguel Ángel.


Así la saluda un señor cuando pasa a su lado con un vestido enterizo negro y corto, con unas piernas delgadas y largas, lampiñas y bronceadas. Lleva unas medias blancas de colegiala que le llegan a las rodillas y unas sandalias negras de cuero; el pelo, bien cuidado, lo luce largo y entrecano, con visos dorados de tintura, y le llega debajo de los hombros. Una cinta rosada, con un moño en forma de flor, adorna su cabeza.

“Adiós, Miguel Ángel”, le dice el señor, amable, sin malas intenciones. Ella le responde, seca pero amable, también: “adiós”. Y sigue su camino por las calles de El Líbano, un municipio cafetero del norte del Tolima donde es toda una personalidad. Ella. Y Miguel Ángel.

​Ángela no se llama Ángela, pero espera cambiarse el nombre en la Registraduría. No le gusta que la llamen por ese nombre de varón que le pusieron sus papás cuando nació hace 64 años, el 14 de febrero de 1956. Solo cuando su papá se murió y a su mamá la metieron al ancianato, a los 95 años, cuando ya no eran dos bultos sobre su espalda, tomó la decisión que aplazó durante tanto tiempo: ser la mujer que siempre soñó ser. No quería hacerles daño. “Mejor que no se dieron cuenta”, agradece.

Hace unos 13 años el papá falleció. Se llamaba Idelfonso Torres. Y hace cinco a la mamá, Mery Cárdenas, la metieron al hogar San José. Tiene muchos hermanos por parte de papá y de mamá —uno Estados Unidos, ostenta— pero dice que casi no tiene contacto con ellos. Ya no le importa que le escupan que es una travesti, un mariposo, un maricón. Ni que se burlen.

A sus 64 años, sabe que no tendrá otra oportunidad para ser feliz, y sobre todo, libre. La felicidad —y la libertad, o viceversa— la encontró dándole vida a esa mujer glamurosa que albergó en su mente y en su corazón desde que era un niño que suspiraba con la ropa y los zapatos de las hermanas y las primas con las que vivía en una casa de varios hermanos con toda su descendencia. Muchas veces, a escondidas, se vestía de niña con esos vestiditos. “Vivíamos con muchas dificultades, pero nunca nos acostamos con hambre”, dice con una voz chillona, aguda, como de grillo. O de gallina. La voz de siempre. La voz de Miguel Ángel y la de Ángela es la misma.

El papá ya se había largado hace rato con otra mujer para su pueblo, La Paz, en el Cesar —el lugar donde nació el cantante vallenato Jorge Oñate, aclara— y la mamá tuvo que conseguir un trabajo para mantener a sus siete hijos, de los cuales, él era el segundo. La suerte apenas le dio para conseguir un empleo como vendedora de lotería. Un oficio que le heredó a Miguel Ángel y Miguel Ángel le heredó a Ángela.

Al papá lo recuerda como un hombre borracho y violento, que lo maltrató desde niño porque Miguel Ángel quería ser Ángela desde chiquito. Pero le guardaba respeto. Con la mamá, la relación fue bastante tranquila. “Era más alcahueta”.

Ángela viste sus piernas con medias de colegiala y suele llevar sandalias de cuero o tacones. Foto: Camilo Osorio

Mientras Miguel Ángel se iba convirtiendo en un hombre maduro, sobre los 40 años, experimentó una situación que solo pudo resolver en la intimidad de su fe. “Cuando llegué a tener pleno conocimiento de las cosas y al ver que no podía consumar el deseo de mi corazón, durante muchos años guardé mucho odio contra las mujeres y contra la sociedad porque no podía consumar el deseo de mi corazón de ser una muchacha”, dice.

“Con el paso del tiempo, dije: me puedo vestir de mujer y hacer lo que se me dé la gana. ¿Y quién va a decir nada? Mi mamá está en el ancianato y mi papá se murió hace doce o trece años. Ya puedo hacer lo que se me dé la gana”.

Su transformación, dice, comenzó con la ropa, aunque esa mujer vivía en su mente desde que era ese niño que odiaba frente al espejo. Todos quedaron sorprendidos en el pueblo cuando vieron a Miguel Ángel luciendo pantalones de licra de mujer, con zapatos femeninos, pero sin tacón.

Y decidió que nunca más se cortaría el pelo. Ese pelo que su papá y sus hermanos le obligaban a cortarse cuando se lo dejaba crecer en su adolescencia. Luego, cuenta, se puso blusas de mujer y así salía a las calles, a los cafés, a las cantinas, a vender billetes de lotería. Unos la insultaban y otros se quedaban mudos como paredes o la miraban con desprecio. Los borrachos intentaban manosearla.

Y hace unos tres años, calcula, decidió usar vestidos de una sola pieza: rojos, amarillos, azules y verdes estampados con flores espléndidas. Sus favoritos son los corticos, que no les llegan a las rodillas. Se ve elegante, estupenda, como una señora con mucha clase.

Miguel Ángel tiene 64 años; Ángela, cuatro o cinco o seis.

Miguel Ángel también tenía muy buen gusto.

El vendedor de lotería, recuerdan en el pueblo, se hizo célebre con su look de estrella de cine de los años 70, al estilo de Elvis Presley. Con pantalones bota campana impecablemente planchados, con quiebre en la mitad, con camisas estampadas que forraban un vientre delgado. Como de grillo. Con el pelo lacio, como cortado con una totuma, con un flequillo encima de unos ojos pequeñitos de hormiga. Con zapatos de hombre, pero con tacón de plataforma. “Me gustaba la ropa hippie porque se parecía a la ropa de las mujeres”, dice.

Con el paso del tiempo, Ángela se ha ganado su lugar. Son muchas más las personas que la respaldan y la admiran. Y esa mujer no hubiera podido nacer sin el apoyo de Fabio Martínez, el encargado de la oficina de derechos de la comunidad Lgbti (Lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales) en la pasada administración municipal. El primero y el único que ha habido, porque la nueva alcaldía acabó con ese ese buen propósito.

Fabio Martínez recorría el pueblo con ella, para darle confianza. Cuando alguien se burlaba o le decían algo, se devolvía y exigía respeto. Y empezó las vueltas para el cambio del nombre en la Registraduría. Pero no lo logró. Incluso, llegó a iniciar las gestiones para el cambio de sexo, pero por su edad avanzada ya no le harían la intervención. Recorría los colegios y escuelas haciendo campañas contra la homofobia y contra la violencia escolar y siempre ponía a Ángela de ejemplo.

Ángela espera conseguir dinero para cambiarse el nombre y cambiar la cédula, ahora, como mujer. Foto: Camilo Osorio

Fabio, lamenta, tenía muchos más planes con ella y con esta población. Pero su despacho lo acabaron. “Todos mis halagos para Ángela por haber sido capaz de luchar por sus sueños. Muy poca gente lo hace. Y más, en su condición y en un pueblo tan conservador y machista como este. La gente la silbaba, se burlaban de ella. Pero nunca se enfrentó a nadie. Después, la gente empezó a defenderla, sigue.

La entrevista con Ángela transcurre en el Águila, un café tradicional en el parque principal de El Líbano donde, agradece, la dejan entrar al baño de mujeres. Algunos la llaman: Ángela. Otros le dicen: Miguel Ángel. También le permiten entrar a vender las rifas con las que decidió ganarse la vida. Porque desde que comenzó la pandemia tuvo que cambiar de oficio.

Ya no vende lotería. Ahora rifa perfumes o relojes de esos que venden en catálogos, a dos mil pesos la boleta, diligenciada con su puño y letra. Una letra estilizada. Saca el talonario de una cartera Chanel de imitación que le regaló una señora. Las señoras y muchachas del pueblo le regalan ropa, accesorios, sandalias, y ella compra lo que le gusta así la plata le sea tan esquiva.

“Es que con la lotería solo me ganaba 400 pesos por billete. En cambio, me gano mil pesos por cada boleta”, dice mientras se toma un café con leche. Y a punta de boletas consigue los 80.000 pesos que le cobran del arriendo en el inquilinato donde vive y que prefiere no mostrar. Y para la comida. Un hermano, de vez en cuando, le regala cuarenta o cincuenta mil pesos. Ángela es pobre. Muy pobre, realmente, pero eso parece no importarle.

Solo pudo estudiar hasta quinto de primaria. A los 14 años se fue a vivir con su papá, en el César. “Pero no me gustó eso por allá, me gusta mucho mi pueblo”, dice. Viajó a Bogotá y, cuenta, vivía donde familiares en Kennedy y Ciudad Montes, que le patrocinaron un curso de contabilidad y secretariado. Pero solo duró un año. Se aburrió. Regresó a El Líbano. Hacía oficio en la casa mientras su mamá vendía lotería en la calle. Trabajaba en restaurantes, en cantinas sirviendo cerveza y aguardiente.

Hasta que un día, en enero de 1984, se convirtió en Miguel Ángel el lotero. Y encontró un refugio cultivando su fe. Desde muy joven empezó a frecuentar iglesias evangélicas, que le gustaron más que las católicas porque, dice, son más participativas. Aunque también va a misa.

***

“Cuando se es menor de edad o se tiene poquitica edad, uno coge vicios y malas costumbres. A través de la palabra de Dios, he aprendido a no hacer cosas malas. A través de la oración, de la predicación, he aprendido a cómo dejar cualquier maña que uno quisiera”.

¿Cuáles mañas y cuáles vicios?

"Uno puede coger mañas como robarle las cosas a los demás, la masturbación y muchos de esos vicios que son malos. Fumar marihuana... Pero, a través de la palabra de Dios se aprende a dejar todos esos vicios porque Dios le revela a uno cómo hacer para no hacer cosas malas que atraen el mal para el cuerpo y el espíritu”, dice y ostenta la buena salud de su cuerpo, pero, sobre todo, la tranquilidad de su alma.

Ángela suma cada vez más fanáticos. “Es una mujer muy berraca y frentera que decidió salir del clóset sin importarle nada y se aguantó las burlas con entereza y con un carácter que nunca se le vio cuando ella vendía su lotería como hombre y que tiene ahora como mujer”, opina sobre ella la comerciante Deissy Barragán.

Ángela gana cada vez más adeptos gracias a su ejemplo de valentía y amor propio. Foto: Camilo Osorio

“Desde chiquita lo veía como hombre vendiendo la lotería y siempre me pareció una persona muy enigmática y respetuosa. Y ahora la veo, con ese vuelco que dio, y no siento más que admiración por ella. Es muy inspiradora”, dice la periodista Máryuri Trujillo.

“Le pregunté cuál había sido su sentimiento cuando pudo vestirse como mujer y ella, con toda su autenticidad, me contestó: ‘Libertad y también felicidad’. Es un testimonio de valentía, superó el miedo al qué dirán. Tremendo espejo para aquellos que no se han arriesgado a nada por sus sueños. Es un claro espejo de fortaleza, de amor por ella y por lo que siempre quiso ser", dice Yuli Peñuela, quien trabaja como coach (algo así como una consultora de los problemas emocionales).

Ángela se ve incómoda cuando se le pregunta si tiene o ha tenido pareja. No lo niega, pero tampoco lo confirma. Es un tema que demuestra no importarle y que realmente no tiene por qué importarle a nadie. Es muy discreta con su intimidad. Y siempre se le ha visto muy bien comportada. Y en el pueblo nunca la han visto con nadie y dicen que es ‘señorita’.

Insiste en que lo único que le interesa es serle fiel a Dios para ganarse la entrada al cielo. Ángela no tiene mayores planes. Eso sí, busca reunir la plata para pagar el cambio del nombre y para mandarse a arreglar los dientes. Y espera poder llegar a ser, algún día, predicadora en una iglesia evangélica.

—¿Y cuándo usted se muera, cree que se irá para el cielo? ¿Qué pensará Dios sobre usted?

Yo siento que Dios me dará la dicha de alcanzar la vida eterna porque me he portado bien en este mundo y porque he luchado mucho para no defraudarlo. Al cielo no entran personas: entran las almas libres y en paz.

En su vida como vendedora de lotería, reconoce, nunca vendió el billete ganador. Solo algunas fracciones. “Mi papá, que también se llamaba Miguel Ángel, siempre le dijo: el vendedor de ilusiones”, recuerda Sergio Moreno, otro paisano. Pero ella ya se ganó el premio mayor.


El Cronista.co reproduce esta historia de El Tiempo, por tratarse de un hecho que acontece en el Tolima y por su alto valor periodístico.



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