Crónicas

martes, diciembre 01, 2020

El diez que fue un dios

Era una secreta venganza que parecía dibujarse en la sonrisa del diez, esa cuenta de cobro que ahora le pasaba a los ingleses por los más de 700 soldados argentinos que ellos le habían matado en la guerra de las Malvinas. Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo
El diez que fue un dios

La mano de Dios se llevó hace unos días a Diego Armando Maradona, también conocido como el Pelusa  el Pibe de Oro, el Diez, la Mano de Dios...la mismísima mano que lo sacó de su casa de Los Tigres a las afueras de Buenos Aires para no devolverlo más, la mismísima mano que en su mutua complicidad un 22 de junio del 86 en cuartos de final del mundial de México, le alcahueteo y le clavó un polémico, sospechoso y celestial gol a Inglaterra y luego, unos minutos después, por si las dudas, gambeteo y dejó atrás a cuatro defensas y  por último al guardametas Shilton, para acomodarles el segundo de aquella tarde magistral y avanzar a semifinales. Gozaba entonces el Pelusa, quizá no sólo por los dos tantos, sino además por esa secreta venganza que parecía dibujarse en la sonrisa del diez, esa cuenta de cobro que ahora le pasaba a los ingleses por los más de 700 soldados argentinos que ellos le habían matado en la guerra de las Malvinas.

Maradona. Xeneize por convicción y pasión en el Boca Juniors de sus amores, último equipo con el que acarició el balón por allá en el 97 cuando se dijo adiós como futbolista para que lo reemplazara el legendario Juan Ramón Riquelme. Campeón mundial y balón de oro en el juvenil de Japón del 79 cuando apenas salía de la adolescencia. Ídolo del Napoli de Italia de los ochenta. Campeón por tripleta con el Barcelona en copa del rey, liga y supercopa de España en el 83. Y otra vez el Pelusa levantando copa orbital con estadio lleno en el mítico Azteca de ciudad de México en el 86.

Maradona el héroe y la leyenda, el amado u el odiado, el irónico, el desparpajado, el que se atrevió a cogerle el culo a la dirigencia empresarial de la FIFA, el que aplaudió de pié con el ceño arrugado al onceno colombiano cuando lo clavó los cinco a la albiceleste, el amigo de Fidel, admirador del CHe Guevara, parcero de Hugo Chávez y de Evo. El drogo, el obeso, el enamorado, el escandaloso, el peleado y después reconciliado con O Rey Pelé, el pibe gordo y avejentado que se vino a operar en una clínica de Cartagena o de Cali y que jugó golf tres noches en secreto en un club privado al norte de Bogotá. El que inspiró a Sabina y a Calamaro. El que llenó a reventar todos los estadios del planeta desde recién cumplidos los 16 con Argentinos Juniors. El director técnico de su albiceleste cuando la clasificó a Sudáfrica 2010 y la llevó vanidoso hasta cuartos de final. El diez que se despidió en la Bombonera repleta jugando a jugar con Aimar, Zanetti, el príncipe Francescoli, Lothar Matheus, el loco René y el pibe Valderrama.

Maradona genio de siempre  y figura hasta más allá de su sepultura en el Jardín Vellavista hasta donde acompañaron por millones al zurdo donde lo dejaron para siempre con su diez a la espalda, de la mano de Dios ahora, que de pronto lo sacó del estadio para que brille o escandalice otra vez en ese universo desconocido donde habitan las otras estrellas.

Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo.
Noviembre al final de 2020.



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