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Reflexiones sobre la identidad cultural regional

Reflexiones sobre la identidad cultural regional

« No hay odio de razas, porque no hay razas»
José Martí

La expresión «identidad cultural» resulta bastante ambigua para explicar la complejidad de sentimientos y manifestaciones de un pueblo o de una región particular. Asimismo, los propios conceptos «región» y «cultura» son muy elusivos; la pluralidad de enfoques, definiciones y aproximaciones, obedece, precisamente, a la enorme variedad de actores y de grupos comprometidos en la construcción de una estructura social.

Existen muchas acepciones, contenidos y connotaciones respecto al concepto de región. La amplitud del término nos remite a múltiples esferas de la realidad física, del conocimiento  o de la praxis humana; de manera más particular, la palabra se utiliza para designar e identificar un espacio dado de la geografía (con determinaciones no solamente naturales o territoriales, sino, más específicamente, humanas).

La región, al igual que la nación, en última instancia es una compleja realidad simbólica; se trata de elaboraciones teóricas, de imaginarios construidos por determinadas comunidades.

Nociones abstractas de espacios o lugares , en donde se cumplen ciertos supuestos requisitos de homogeneidad y semejanza. Es obvio que hay una dimensión espacial en todo acontecer social: una específica formación socio-económica establece múltiples configuraciones que, por supuesto, se van produciendo en determinados territorios y en distintos momentos históricos, y los cuales reclaman una expresión teórica que los defina; para ello el concepto de «región», resulta válido. La región no es, pues, algo dado naturalmente, sino una construcción histórica.

Además el concepto de región está emparentado con el de «comunidad», pues, así tenga como fundamento principal un referente territorial, hay en la idea de región una identidad superior de carácter cultural y comunicacional.

¿Una civilización mundial? 

La humanidad se ha desarrollado a través de múltiples formas económicas, sociales y culturales. No existe una forma superior homogeneizante, ni una única cosmovisión uniformadora, ni un solo sentido de la evolución humana. La riqueza de la multiplicidad de determinaciones de lo real, explica la riqueza en las formas especificas de la cultura.

La diversidad y originalidad cultural de una especifica región no se debe, como muchos pudiesen creer, a la insularidad o falta de contacto entre los distintos grupos humanos, las diferencias culturales no siempre son resultado del distanciamiento geográfico, tambiénb existen diferencias surgidas por la proximidad, cuando un grupo humano se afirma sobre sí mismo para distinguirse en muchos aspectos frente a otros pueblos o etnias.

Esta es una actitud presente en las mentalidades colectivas, en el inconsciente de las masas, que rechazan, repudian y discriminan las expresiones culturales que, por ser ajenas o distintas, son consideradas, entonces, espurias  o inferiores.

El sustrato de todo etnocentrismo y de toda xenofobia, es el visceral rechazo a la diversidad cultural. Distintas teorías filosóficas (e incluso religiosas), históricamente se han pronunciado contra las imposiciones culturales.

No obstante el pensamiento religioso ha sido el medio más eficaz en los procesos de segregación, aculturación e imposición ideológica y confesional; sobre todo en Latinoamérica, en donde por generaciones se ha
educado bajo los lineamientos de una evangelización, que persiste en la intolerancia, enfatizando sectariamente en consideraciones como la de que «el que no está conmigo, está contra mí».

Hoy podemos contemplar el renacer de nacionalismos y fundamentalismos nutridos, precisamente, por el irrespeto hacia las diferencias. Las nociones de regionalismo, nacionalismo o patriotismo, como lo anotara Fernando Savater, tienen poco de teoría y mucho de fanfarronería y convocan a unos terribles sentimientos de sacrificio y de martirologio: «solo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en determinado lugar o bajo determinada bandera».

Ahora bien, tenemos que entender que «cada vez es más difícil pensar y aceptar el concepto de región como una unidad autocontenida e independiente de los flujos globales contemporáneos». Hoy se requiere comprender el concepto de región, tomando en cuenta el ámbito global de las relaciones de poder.

Contra la tendencia a la uniformidad y a la monotonía que quiere imponer la globalización, se requiere preservar la diversidad cultural. No es cierto que exista una especie de «destino manifiesto» hacia la homogeneidad cultural; el mundo continúa siendo plural.

La creciente e imparable globalización, paradójicamente va acompañada de fuertes diferenciaciones culturales,
que expresan una interesante situación de universalización de lo particular y de singularización de lo universal; esta compleja red de resignificaciones es lo que Orlando Fals Borda ha denominado como la glocalización, es decir, la articulación de lo global y lo local.

Las tesis del determinismo historicista resultan muy convenientes y cómodas para los colonialistas; éstas se han esgrimido para fomentar, por ejemplo, la noción de «progreso», en los términos de una corriente del racionalismo instrumental deshumanizante, lamentablemente hoy triunfante, que se caracteriza por impulsar una ciencia y una técnica fetichizadas, que amenazan seriamente la supervivencia de la humanidad, mediante la masificación y gregarización del hombre por el irracional consumismo, por la intimidación nuclear, la guerra y la barbarie ecológica.

La llamada Cultura Occidental, que se ha universalizado por el convencimiento o por la coacción misional, militar y empresarial, nos viene dejando sin opciones. Necesitamos una nueva reflexión sobre la cultura, que logre desbordar todo etnocentrismo, toda visión desde las metrópolis, pero que no se reduzca solamente a consentir y halagar las tradiciones parroquiales.

Se debe trabajar por el diálogo intercultural, por el encuentro de culturas, en especial en esta época de desterritorialización y de mundialización de la economía y de la política; cuando las invasiones e imposiciones militares y mercantilistas no han cesado y por el contrario se recrudecen, bajo la legitimación de una orgullosa teoría imperial, que proclama la derrota de toda alternativa revolucionaria, la muerte de las ideologías y el fin de la historia, con el supuestamente inobjetable triunfo del capitalismo.

Más allá de las definiciones imperiales y de los anhelos de homogeneidad transnacional, persiste la fragmentación del mundo, los diversos modos de pensar, de entender y de transformar la realidad y cada cultura particular o regional introduce al bagaje de la cultura universal sus singulares contribuciones, pero la cultura es un fenómeno creativo, dinámico, cambiante, constructivo, no es una sumatoria de variadas propuestas.

El relativismo cultural, la interculturalidad, ha surgido de las distintas contribuciones que en la historia milenaria han hecho los pueblos.

Voluntaria e involuntariamente las culturas se combinan, se cruzan, generando un mestizaje, un sincretismo cultural. Ninguna cultura está sola, se encuentra y se fusiona con otras, lo fecundo es este amalgamamiento, esta hibridación, para expresarlo en los términos de García Canclini. Hoy se da una clara convergencia y articulación entre
los sistemas culturales considerados antiguos y tradicionales con los modernos; por ejemplo, existe una sabiduría primitiva en asuntos tan atrayentes como la astronomía, la ecología, la medicina y las formas de convivencia social, que han empezado a ser tomados en cuenta por pensadores contemporáneos.

Como lo planteara Michael Foucault, hay una nueva «insurgencia de los conocimientos subyugados», de esos múltiples saberes, originales y particulares, que han venido siendo marginados, pero que sin embargo subsisten a pesar de la arrasadora corriente impositiva e imperial que nos ahoga, de ahí que no tenga sentido hablar de una «civilización mundial». Claude Levi-Strauss ha dicho: «No hay ni puede haber una civilización mundial en el sentido absoluto que se da al término, puesto que civilización implica coexistencia de culturas que presentan entre si el máximo de diversidad, y consiste incluso en esa coexistencia. La civilización mundial no podría ser otra cosa que la coalición a escala mundial, de culturas que preservan cada una su originalidad».

Región, cultura y folclor

El clamor por la conservación y defensa de la identidad cultural regional no puede implicar,

pues, la búsqueda de una supuesta homogeneidad, por el contrario, ha de significar el respeto por la heterogeneidad y la diversidad; también se trata de erradicar toda imitación, copia o plagio: «tendremos que cambiar los viejos mitos heredados sobre la superioridad del faro intelectual euroamericano que tanto ha condicionado nuestra vida política, económica y cultural y que nos mantiene en el atraso y pobreza permanentes» -Fals Borda-. Pero la superación de estas mentalidades subalternas no se puede alcanzar mediante la hipertrofia de lo terrígeno y localista.

Muchas veces nuestros gustos, colores y sabores costumbristas, no obedecen más que a la manipulación ideológica, provocadora de movilización y hasta de entusiasmo bélico, o mercantilista, de esta manera se confunden los «días de amor patrio», establecidos por las gestas de próceres y de guerreros, con los arrebatos y el frenesí causado por las hazañas de los deportistas, con los triunfos de los «artistas» y representantes de la farándula criolla, o con los imperativos consumistas de las campañas publicitarias que nos compelen a ser «regionalistas si compramos lo nuestro», o a «construir región», si apoyamos al politiquero de turno. Igual propósito tiene el patrioterismo gubernamental que busca un mayor respaldo popular, mediante la excesiva ponderación de los símbolos que nos dan una supuesta identidad.

Es más, el respeto por muchas tradiciones y costumbres de específicas culturas, puede estar en desacuerdo con la promoción de algunos principios y valores que tienen hoy un carácter universal. Estanislao Zuleta cuenta lo sucedido a un grupo de mujeres que en un congreso internacional sobre los derechos de la mujer, fijaron su repudio a prácticas
consideradas bárbaras como la extirpación del clítoris, la infibulación y otras formas de mutilación genital femenina, efectuadas a las niñas de algunos pueblos africanos desde tiempos remotos. Por esta intervención, fueron rechazadas por algunas delegadas africanas que consideraron esto una indebida intromisión en sus «identidades culturales».

El concepto de Nación y de Unidad Nacional, que tanto movilizara antaño, hoy se nos antoja como no muy claro, pues sólo se trata de una especie de entelequia semántica y jurídica, como una abstracción de orden simbólico que sirve para reclutar, levantar e incitar a las masas bajo los lineamientos de las élites que ejercen la hegemonía política y cultural. Un país puede poseer varias nacionalidades. Colombia es, precisamente, un ejemplo de diversidad cultural y regional. Nuestro país es un mosaico de etnias y culturas.

En buena hora la Constitución Política de 1991 reconoció nuestra diversidad cultural ,pero el simple reconocimiento de esta diversidad no puede significar el acatamiento acrítico de todo rito o tradición, como absurdamente se ha hecho con el reconocimiento de las ordalías, juicios, penas y castigos establecidos según las tradiciones y rituales indígenas, los cuales muchas veces no son más que implacables suplicios y torturas de corte primitivo o medieval.

El chauvinismo regional y el maniqueísmo parroquiano que, por ejemplo, para el caso de nuestro territorio tolimense, se entusiasma en la ponderación del tamal, del sancocho y de la lechona o, como lo anotara el escritor Hugo Ruiz, «en una vasta tradición de provinciana ingenuidad que ha permitido y aún exaltado el uso y el abuso del pintoresquismo
y del encendido color local», no está defendiendo el folclor ni la identidad culturalregional. El mismo Hugo Ruiz nos recuerda que Jorge Luis Borges anota que en El Corán, libro árabe por excelencia, no se nombran los camellos y nadie pone en duda su autenticidad.

Así mismo, vale la pena revisar la noción de folclor que manejan los sectores oficiales y los medios de comunicación. Como lo denominara Antonio Gramsci el folclor se concibe como si fuese algo extravagante «pintoresco»; algo que simplemente se recolecta, selecciona y clasifica. Por el contrario, el folclor debe estudiarse como una «concepción del mundo y de la vida»; implícita en los estratos populares de la sociedad. Es una concepción no elaborada, no sistemática, que el conjunto de las clases subalternas, en su desarrollo múltiple y contradictorio, contrapone a las concepciones «oficiales». Es una «aglomeración de fragmentos de las varias concepciones históricas del mundo y de la vida, que se van insertando en la tradición. El folclor es la cultura popular , es el reflejo de las condiciones de la vida cultural de un pueblo. Es fragmentado porque, por definición, las clases subalternas se encuentran disgregadas en la sociedad civil; sobre ellas pesan los grupos dominantes con su hegemonía cultural».

Identidad latinoamericana y globalización 

Estas reflexiones alrededor de conceptos como patria, nación , región e identidad , en tiempos de globalización, deberán permitirnos, no solo la superación de la estrechez chauvinista, sino, asimismo, fundamentar criterios válidos de identidad política y de acuerdos multiculturales, conducentes a confrontar el omnímodo poder imperial que nos agobia, pues, como lo afirma Tony Negri: «El Imperio no puede ser resistido por un proyecto que apunte a una autonomía limitada y local. No podemos retroceder hacia

ninguna forma social previa, ni avanzar en soledad. Por el contrario, debemos empujar a través del Imperio para salir por el otro lado... Debemos aceptar el desafío y aprender a pensar y actuar globalmente. La globalización debe encontrarse con una contra globalización, el Imperio con un contra Imperio».

A pesar del turbión de los años, del cruce secular de las culturas y de la perplejidad que causa el peso de la globalización, poseemos algo que podemos denominar «identidad»; una sensación de pertenencia, una común historia, similares intereses que nos unen en la especificidad y en la diferencia de lo latinoamericano: «la conciencia colectiva de la identidad, siempre en desarrollo, como se refleja en variadas formas de autoafirmación y ruptura.

Embrionariamente, la identidad latinoamericana surgió como rechazo a la colonización española y portuguesa y luego como respuesta a la dependencia estructural impuesta por las metrópolis imperialistas. Al decir de Franz Fanon, el colonialismo y las relaciones de dependencia aceleran contradictoriamente la conciencia social de identidad.

La identidad latinoamericana no se desarrolló como mero mecanismo de defensa ante las formas de colonialismo, sino como autoafirmación destinada a generar proyectos de liberación y de sociedad alternativa».

Los asuntos, fenómenos y conflictos de carácter regional, podemos afirmar que históricamente
se han expandido por toda la América
Latina; desde los primeros levantamientos
comuneros, las rebeliones anticolonialistas
y los procesos independentistas de los siglos XVII y XVIII, pasando por la emergencia del
pensamiento nacionalista y antiimperialista y
por las luchas obreras y estudiantiles de comienzos
del siglo XIX, los movimientos revolucionarios y de liberación nacional de mediados y fines de siglo, tales como la revolución cubana, el triunfo de Salvador Allende
en Chile, de los Sandinistas en Nicaragua
y los procesos insurreccionales de Centro y
Sur América. Asimismo tenemos que reconocer
que las acciones contrarrevolucionarias
aplicadas en América Latina, también se han
«regionalizado», al arbitrio de los golpes de
estado y de los genocidios causados por las
sangrientas dictaduras militares; todo lo cual ha sido calculado y puesto en marcha, con la permanente presencia del intervencionismo
norteamericano.
Nuestra identidad también se ha expresado en las múltiples formas de solidaridad y creatividad de los pueblos latinoamericanos; en su música, en su pintura, y en general en todas las formas de su dimensión estética, y , claro, también en las expresiones de resistencia
contra la globalización que hoy se mueven por todo el subcontinente.
Existe una identidad clara, forjada en la toma
de conciencia colectiva de los pueblos latinoamericanos,
que rebasa los límites del nacionalismo
y del patrioterismo; pero como dice Eduardo Galeano, ésta identidad se encuentra
descuartizada; nuestra memoria está quebrada y hay que buscar la unidad en los
fragmentos.
No estamos condenados, como quisieran los
pragmáticos y los posmodernistas, ni a una concepción uniforme y unipolar del mundo, ni al ocaso de las ideologías, ni al final de la historia. La cultura, con todas sus rupturas, escisiones y contradicciones, a pesar de la globalización y de los imperialismos se abre hacia el futuro, hacia la búsqueda de consensos no coercitivos, hacia el encuentro de utopías: Hacia la unidad en la diversidad. La realización de un nuevo proyecto político-cultural,
implica abrir espacios para la creatividad la imaginación; para la obtención de una nueva dirección intelectual y moral de la sociedad, con el propósito de alcanzar la hegemonía
cultural de las clases subalternas. «Más que telúrica o racial, nuestra identidad es política», se ha construido en torno a unos comunes intereses y necesidades y a una tradición de unidad, tanto cultural como histórica, y sólo puede explicarse en el proyecto histórico de construcción de un futuro alternativo;  no en las nostalgias del pasado, ni en la ponderación de unos colores, olores y sabores, que supuestamente nos dan la identidad.
Bibliografía de referencia
FALS BORDA, Orlando. - Ciencia Propia y Colonialismo Intelectual. Bogota. Carlos Valencia
Editores, 1987.
GALEANO, Eduardo. - Ser como somos. En revista Plural Nº2. Ibagué, 1993.
GRAMSCI, Antonio. - Observaciones sobre el folclor. En Antología de Manuel Sacritán. Siglo XXI, pag. 488 - 491.
LEVI-STRAUSS, Claude. - Raza y Cultura. En Revista Universidad Nacional. Nº 8. 1971, pag. 68 -108.
NEGRI Toni. - HARD Michael. Imperio, Bogotá. Ediciones desde abajo. Nov. 2001
RUIZ, Hugo. - Sobre Río y Pampa o el constumbrismo en Colombia. En revista Astrolabio Nº1. Ibagué, Agosto de 1983
SAVATER, Fernando. - Contra las Patrias. Barcelona. Tusquest Editores, 1988.
ZULETA, Estanislao. - El plan y la identidad cultural nacional. En Colombia: Violencia, democracia y derechos humanos. Bogotá. Ediciones Altamir. ps. 278 ss.

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