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sábado, mayo 16, 2020

La regulación ciudadana bajo el nuevo capitalismo

Se plantea la necesidad de formar, desde las aulas, trabajadores competitivos y polifuncionales, que abandonen toda perspectiva de obtener contratos estables, que renuncien a la estabilidad y a la seguridad social, pero que persistan en el anhelo de incrementar el consumo y de asumir la búsqueda de los conocimientos como principio rector de toda competencia. Por: Julio César Carrión Castro
La regulación ciudadana bajo el nuevo capitalismo

El control del individuo y el control de las masas

En los comienzos del modo de producción capitalista los obreros tenían aún un control sobre los productos, porque dominaban un “saber hacer”, por ello poseían todavía alguna autonomía sobre la dirección y regulación de los procesos laborales –tiempos, ritmos, volúmenes. Con la intensificación de la mecanización de la producción -particularmente con la revolución industrial- se fue alcanzando una especie de “racionalización científica” del trabajo, que buscaría eliminar el ocio y la vagancia.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, se consolidaría este proceso que venía forjándose desde los comienzos del modo de producción capitalista. El fordismo, y particularmente el taylorismo, serían las expresiones más claras de la dominación social, de esa microfísica del poder, sustentada en una “racionalización científica” del manejo de los espacios y del tiempo en las actividades laborales.

Robert Taylor establece, en los comienzos del siglo XX, La dirección científica de las empresas logrando separar la planeación de la ejecución de las tareas, en busca de mayor rendimiento, rentabilidad, eficiencia y eficacia, en las tropas de obreros concentrados en las fábricas de automotores.

Henry Ford introduce en su fábrica de automóviles, la cadena de montaje o cadena de producción, desplazando las formas artesanales y logrando con ello la maduración de la producción industrial, pero provocando, por las infernales rutinas, por los endiablados ritmos, una mayor alienación en los trabajadores, como lo denunciara Charles Chaplin en la película Tiempos modernos. Esta forma, estos ritmos modernos de producción y productividad, llevarían al fin del obrero dueño de un “saber artesanal”.

El caso es que la introducción del modelo Taylor-fordista de organización del trabajo significó, no sólo la obtención de mayores inventarios y el mejoramiento de la producción y la productividad, sino un conjunto de fenómenos que llevarían a alterar la conciencia y la personalidad de los trabajadores: Desaparece todo asomo de autonomía y se incrementa la tensión y la angustia laboral, debido a la mayor división del trabajo y al hecho de que estos se vuelven segmentados y repetitivos. Al instaurarse una organización laboral centralizada y jerarquizada con un control pormenorizado de los movimientos y de los tiempos, se produce una mayor alienación de los trabajadores, pero también mayores posibilidades de concientización, de solidaridad y de organización.

Para decirlo de la manera más sencilla, la masificación de la producción llevó, obviamente, al incremento de los productos, de las mercancías, lo cual creó la necesidad de aumentar el consumo. Pero los asalariados no tenían cómo comprar, cómo consumir. Se produjo entonces una gran resistencia obrera, una serie de oleadas huelguísticas y finalmente la gran crisis que desembocó en el crack de 1929.

Se tenían que redefinir, por lo tanto, las relaciones entre oferta y demanda y un nuevo modelo de regulación contra las posibilidades de autonomía política de los trabajadores. Se abre así la época llamada del New Deal de Roosevelt, del keynesianismo, el denominado Estado de bienestar. Se institucionalizan los sindicatos y surgen los contratos colectivos.

En resumen, podemos afirmar que el Estado de bienestar significaría:

1. La aparición de relaciones laborales contractuales a largo plazo.

2. Mejoramiento salarial para las masas de obreros y empleados

3. Institucionalización del régimen prestacional que incluía subsidios, seguridad social, educación, recreación y otros beneficios extralegales.

4. Establecimiento de políticas estatales de bienestar social.

5. Mayor control social por parte de los patronos y de los organismos estatales.

Entre los años treinta y los sesenta del siglo XX, merced a este tipo de satisfacciones, y como complemento, se buscaría eliminar las resistencias e integrar plenamente los trabajadores a las empresas, mediante el incremento real de los sueldos y salarios, pero aplicando sobre ellos un régimen panóptico de control. En todo caso las políticas de bienestar no respondían a un prurito de justicia distributiva, sino a un mecanismo de seguridad del propio sistema liberal, que se resume en la propuesta de otorgar libertades, pero con limitaciones y vigilancia.

Paternalismo más represión sería la fórmula. Se trataba de destruir la cultura obrera de extramuros, de impedir la conciencia de clase y la organización política de los obreros, integrando totalmente los operarios a sus empresas, abarcando hasta sus horas libres. Entonces se proyecta una gran minuciosidad disciplinaria sobre la vida familiar y social de los trabajadores, controlando sus vidas, direccionando sus convicciones y en general manipulándolos. Ahora no sólo la Iglesia, sino el propio Estado y las empresas, intervienen en el diseño de las pormenorizadas políticas del cuerpo, incluso en la vigilancia sobre las inclinaciones y los gustos sexuales, en el control al consumo de bebidas alcohólicas y en otras decisiones y comportamientos de los trabajadores.

De sindicatos de oficios, se pasa a establecer sindicatos de industria (masificados), aparece el obrero colectivo (que podía parar la cadena de producción). Para regular el conflicto se da la negociación como un “acuerdo entre iguales”.

El establecimiento de los contratos colectivos de trabajo conduciría a la paz laboral, bajo el llamado Estado de bienestar, lo que significaría estabilidad laboral, representada en contratos a largo plazo, mejores salarios, jornadas estables –que incluían el pago de horas extras–, seguridad social, condiciones idóneas de trabajo, y por ende tranquilidad psicológica y espiritual. Así se disminuirían las huelgas y se garantizaría la tranquilidad política del sistema.

Sería la época de fortalecimiento del corporativismo, esto es, de la estrechez de miras en las luchas sindicales y gremiales, ya no se organizarían los trabajadores alrededor de sus intereses emancipatorios, ni de la utopía socialista o libertaria, sino, en torno a las más pragmáticas necesidades de momento; a lo que tan apropiadamente denominara Rudolf Bahro (1980, 263-314) los intereses compensatorios: “el ansia compulsiva de poseer, de usar, de consumir”; esa insaciabilidad que caracteriza a los consumidores de las contemporáneas sociedades del capitalismo tardío. Paradójica situación generadora de subalternidad, de angustia y de zozobra, que se extendería durante todo el siglo XX, hasta el presente.

Crisis del modelo fordista y keynesiano

La propia estructura del funcionamiento capitalista lleva insertas las crisis. Desde los años setenta vivimos un violento reacomodamiento del capitalismo. Hoy no se acepta la regulación de la economía por parte del Estado, sobre todo para los países periféricos, porque supuestamente distorsiona el mercado. Aparece la concepción neoliberal impuesta por las grandes multinacionales y por el capital internacional. El discurso neoliberal privilegia la contratación individual -no la colectiva- porque, según su credo, no se puede perjudicar a las empresas. Poco importa la incertidumbre y la inseguridad de los trabajadores.

Hay un nuevo modelo de acumulación capitalista basado en los supuestos de la competitividad internacional y el mejoramiento de la productividad –debido principalmente a los enormes desarrollos científicos y tecnológicos. La actual revolución científico-técnica, difiere de la revolución industrial, porque incorpora no sólo nuevas materias primas (tanto naturales como sintéticas), sino nuevas maquinarias y nuevas funciones cerebrales por parte de los trabajadores que tienen que vérselas con un cúmulo de nuevas posibilidades de producción –miniaturización, cibernética, robótica, telemática, biotécnica– que en última instancia significan el desplazamiento de las tareas repetitivas y fragmentarias del modelo fordista y taylorista, por una nueva inteligencia de la productividad.

Los organismos financieros internacionales impulsan –para los países dependientes que buscan apertura a la competencia internacional– políticas de ajuste estructural a la economía global. Entonces se propone desde el recetario neoliberal:

1. Reducción del gasto público –en especial del gasto social.

2. Eliminación del papel regulador del Estado.

3. Reducción de los costos laborales. Desaparición de los contratos colectivos.

4. Desestatización de las empresas y servicios públicos. Fomento de las privatizaciones.

5. Adecuación de las estructuras productivas a los intereses del mercado.

La reconversión industrial lleva, en este orden de ideas, al “ahorro de mano de obra” e impone cambios en el ordenamiento jurídico-laboral lo que, por supuesto, se refleja también en lo político-pedagógico.

Los factores tecnológicos originan la necesidad de readaptación, no sólo en términos organizativos, sino sociales y educativos. Cuando aparece el discurso de la llamada flexibilización laboral, aparece también el de la adecuación de la pedagogía a dicha flexibilización.

Se plantea la necesidad de formar, desde las aulas, trabajadores competitivos y polifuncionales, que abandonen toda perspectiva de obtener contratos estables, que renuncien a la estabilidad y a la seguridad social, pero que persistan en el anhelo de incrementar el consumo y de asumir la búsqueda de los conocimientos como principio rector de toda competencia.

La reorganización capitalista

Esta época de subsunción real del trabajo al capital, por el desarrollo científico y tecnológico, centrado en el mejoramiento de los procesos productivos en detrimento de los seres humanos, ha llevado, claro, al incremento de la producción y la productividad, pero también a la angustia y a la incertidumbre general. La flexibilidad laboral significa mayor extracción de plusvalía absoluta e inestabilidad social y psicológica para las grandes mayorías.

La nueva base técnico-científica provoca un alto rendimiento en la productividad del trabajo y por ende incremento en las tasas de plusvalía, tanto por el abaratamiento de las materias primas, como por la reducción real de los salarios y de los puestos de trabajo, en especial en los países subdesarrollados.

En los aspectos sociales y económicos, está desapareciendo el Estado, sustituido por las empresas, muchas de ellas multinacionales, que buscan solamente aumentar la productividad y las ganancias reduciendo costos laborales, mediante la implementación de maquilas -es decir concentración de trabajadores, para labores intensivas a pagos baratos y sin garantías prestacionales ni seguridad social-, principalmente en los países del Tercer Mundo, las subcontrataciones, los trabajos parciales y temporales y el trabajo de las poblaciones más subordinadas a quienes no se les reconocen los salarios socialmente establecidos, como a las minorías étnicas, a las mujeres, a los inmigrantes y a los desplazados.

La precarización de la fuerza de trabajo, a la vez que señala nuevas formas de control social, una mayor segmentación laboral, bajos ingresos para amplios sectores poblacionales, promueven, por otra parte, la exclusión, el racismo y la xenofobia, es decir, el derrumbe de las garantías sociales, los derechos colectivos, culturales y de las libertades individuales. Con ello se abren las puertas al resurgimiento, o mejor, a la continuidad del darwinismo social y del fascismo.

Ahora las empresas manejan una desregulación de horarios, de salarios, de estabilidad y de seguridad social. Ya no hay contratos por tiempo indefinido, sino por medios tiempos, subcontrataciones, órdenes de servicio, supernumerarios, jornadas flexibles y otros adefesios contractuales. Pero, lo que sí continúa es el disciplinamiento y la regulación generalizados.

El sociólogo norteamericano Richard Sennet en su obra La corrosión del carácter, analiza las consecuencias que trae para la formación ética de los seres humanos, poner el acento económico en la flexibilidad laboral, ya que la incertidumbre, la carencia de bienestar y de seguridad social, cambian el sentido del trabajo y generan confusión, preocupación y ansiedad en los trabajadores. Si el carácter, -dice Sennet- se expresa por la lealtad y el compromiso mutuo(...) ¿cómo sostener la lealtad y el compromiso recíproco en instituciones que están en continua desintegración o reorganización? Así pues, más que abolir las rigideces y las reglas del pasado, el llamado nuevo orden laboral impone controles, más sutiles e incomprensibles, pero más dañinos y alienantes, porque conducen, inexorablemente, a la desaparición del individuo, convertido en hombre-masa, en marioneta del consumismo, sumido en una generalizada mediocridad y en la azarosa neurosis que impone la ideología de la movilidad permanente y de la competitividad.

Para Sennet la vida útil de los nuevos trabajadores se está viendo cada vez más reducida, llegando incluso a sólo la constituir la mitad de sus vidas biológicas, ya que estos flexibles trabajadores tienen que abandonar sus actividades productivas tempranamente, no necesariamente debido al agotamiento o a la pérdida de sus capacidades laborales, sino precisamente, por la despiadada competencia que convierte a los mayores en asustados asalariados que se ven desplazados por “la juventud”. La tasa de despidos para los trabajadores entre los 40 y 50 años se ha incrementado ostensiblemente, porque “la flexibilidad es sinónimo de juventud y la rigidez es sinónimo de vejez”. Pero esta aparente sobrevaloración de la juventud no es más que un generalizado prejuicio social que oculta el hecho de que en realidad es más fácil manejar trabajadores jóvenes, ya que “los trabajadores mayores y con más experiencia, tienden a ser más críticos con sus superiores que los que están empezando”, también porque “los trabajadores jóvenes son más tolerantes a la hora de aceptar órdenes desacertadas”. Además, no hay que perder de vista que, bajo el capitalismo, desde siempre, ha persistido la relación entre juventud y bajos salarios.

La enorme presión que ejerce la edad, la disciplina del tiempo y la competitividad entre los trabajadores les produce ansiedad y angustia que se traduce en cambios psicológicos y de comportamiento: se evita la vida en comunidad, no se estructuran colectivos basados en el apoyo y la solidaridad, se ve a los demás simplemente como contradictores y oponentes, no como eventuales colaboradores y amigos. En todo caso, estas juventudes presionadas a hacerse notar establecen simulaciones y falsos protagonismos para mostrarse poseedores de un saber que, aunque lo consideran valioso, también saben que es fugaz y altamente prescindible, como ellos mismos.



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