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Del amor galante

Del amor galante

Opinión

Por Julio César Carrión.

Los imaginarios populares y la memoria colectiva, en la confrontación a las tradiciones androcéntricas...

En Occidente, durante la Edad Media tardía, se produce la invención del llamado “amor cortés”, es decir la invención de las formas sentimentales y galantes del amor, aquellas que se asumían como propias de la nobleza y de las castas señoriales. Se trata de la irrupción de una nueva cultura, de una nueva mentalidad, caballeresca y gentil, reflejo de los ideales de un sector social culto y refinado que, desde un cristianismo militante, luchaba por su expansión, en abierto combate, ideológico y guerrero, contra el paganismo y el Islam.

La Edad Media, de la mano de la concepción cristiana del mundo, estableció una serie de patrones y de reglas de comportamiento que legitimaba no sólo la discriminación social, sino que mantenía incólume el criterio de la total inferioridad y subordinación de las mujeres respecto de los hombres, como lo había establecido la antigüedad clásica greco-latina. Tomás de Aquino en su obra Summa Theologica afirma:

“pues el varón es principio y fin de la mujer, lo mismo que Dios es principio y fin de toda criatura. Por eso dice el apóstol que el varón es imagen y gloria de Dios y la mujer es gloria del varón, y para mostrar por qué dice eso añade: pues el varón no ha sido creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (Summa Theologica- Traducción Julián Marías).

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Sin embargo, la extensión del culto de la Virgen María de algún modo significaría, durante la Edad Media, una importante reivindicación para la mujer, pues, poco a poco, se iría introduciendo en la mentalidad cristiana el ideal caballeresco que se sustentaba en la defensa de los humildes y menesterosos y en la defensa de las Damas.

La Dama o la Doncella, sería asemejada de muchas maneras a la Virgen María; se empezaría a idealizar, a sublimar a la mujer. La pureza y la honra serían los valores sagrados de la Dama, los cuales, hacia el siglo XII, empezarían a ser ensalzados y cantados por los poetas cortesanos y por los trovadores y juglares que entretenían, tanto a los señores en sus castillos, como a los villanos y aldeanos, en las ferias, tabernas, procesiones y peregrinaciones.

Los llamados Cantares de Gesta que contaban las hazañas más destacadas de los héroes germánicos y cristianos de la naciente Europa, en torno a los valores establecidos por la tradición, si bien expresan las pasiones y los sentimientos de estos personajes, no presentan detalles ni particularidades respecto a las costumbres amorosas o a las relaciones sexuales. En términos muy generales, la poesía épica -cantada por los poetas provenzales y los trovadores-, se ajusta a las circunstancias de la improvisación oral de estos juglares; es fijada por la tradición y condicionada ideológicamente como vehículo de legitimación y afirmación de los sectores que ejercían el dominio y la hegemonía cultural y política, esto es, la nobleza feudal y el clero. -hegemonía cultural que perdura anacrónicamente entre los pueblos de la América Latina, colonizados por España y Portugal-.

La épica francesa, germánica y la castellana, es fundamentalmente, un trasunto de los ideales marcadamente cristianos, es decir, androcéntricos, machistas y marciales que llevaron durante la Edad Media a empresas como las l “Cruzadas”, esto es, crueles incursiones genocidas contra pueblos y culturas no cristianos, en pos de la reconquista de la llamada “Tierra Santa”, o aquellos que perseguían la expulsión de los árabes, infieles y paganos, que habitaban el territorio europeo. Los caballeros, soldados de Cristo, emprendían su heroica aventura, en busca no sólo de la realización de sus ideales religiosos, sino tras de intereses más prosaicos y económicos que fueron sutilmente enmascarados (tal como hoy las Naciones Unidas, la OTAN, y otros organismos internacionales ejercen esa especie de “imperialismo humanitario”, para distribuir los derechos humanos y la democracia, entre los países que supuestamente carecen de ellos).

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Ni el tema central de los poemas épicos medievales -o Cantos de Gesta- son las relaciones amorosas, ni sus personajes poseen caracteres o personalidades que ahonden más allá de su valentía en las confrontaciones bélicas. La presencia femenina es accesoria. Las mujeres de los Cantares de Gesta no subyugan, ni constituyen aun un motivo o razón de las hazañas de los héroes, lo cual sí podemos encontrar más tarde en la literatura provenzal y en las novelas de caballerías. Claro está que alrededor de los Cantares de Gesta, posteriormente, se formaría una muy rica tradición popular de poesía anónima, expresada en el lenguaje común, en “lengua vulgar”, en Romance (lengua derivada de la romana o Latín, que manejaban los clérigos y los letrados).

Los Romances se formaban de fragmentos de los Cantares de Gesta y expresaban aspectos, tanto épicos como líricos, de las aventuras originales, pero tratados desde la perspectiva de los imaginarios populares, y mantenidos en la memoria colectiva, de manera oral. Sólo después de muchos años se establecerían las compilaciones que, para el caso de la literatura castellana, se conoce con el nombre de Romancero.

El pensamiento expresado en Cantares de Gesta como Los Nibelungos, o la Canción de Roldán, es ajeno a las virtudes propiamente cristianas como la piedad, la caridad y el amor; expresa fundamentalmente la exaltación de un héroe varonil y vigoroso. Sólo después del siglo XII la sensibilidad cristiana se impone con la consigna del “amor al prójimo” y con el culto mariano, todo lo cual llevaría a la instauración de la mentalidad cortés y caballeresca, sustentada en planteamientos más del orden metafísico y trascendental, que basados en la sensualidad.

La Edad Media tardía, con la literatura caballeresca, aportaría al discurso del amor y el erotismo, esa especie de unidad entre la sexualidad, ya expresada desde la antigüedad, y una nueva noción de la espiritualidad. Este amalgamamiento de lo sensual/espiritual se sintetiza, precisamente en el amor cortés que, como lo reseña Octavio Paz, sólo aparece hacia el siglo XII en Francia: “el amor no ya como un delirio individual; una excepción o un extravío, sino como un ideal de vida superior. La aparición del amor cortés tiene algo de milagroso pues no fue consecuencia de una prédica religiosa, ni de una doctrina filosófica. Fue la creación de un grupo de poetas en el seno de una sociedad más bien reducida: la nobleza feudal del mediodía de la antigua Galia”

Es mucha la literatura amorosa de este período, pero particularmente debemos reseñar aquella contenida en los libros de caballerías, que están presentes en los orígenes mismos de la novelística europea. Sin embargo, a pesar de los fundamentos claramente cristianos y neoplatónicos presentes en toda la literatura de caballerías y del amor cortés, en muchos puntos ésta se separa de la Iglesia, inclinándose hacia exposiciones de carácter erótico,

aunque cargadas de gran simbolismo, como acontece en las novelas tanto británicas como francesas, del ciclo del Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda, donde se destaca el inquebrantable amor del apuesto caballero Lanzarote (o Lancelot) por la reina Ginebra, esposa del rey Arturo, con quien sostiene unas relaciones que, a pesar de apartarse de las disposiciones y mandatos eclesiásticos, subyugan al lector porque muestran una pasión que desborda las normas y los convencionalismos. En estas narraciones se combinan tradiciones y leyendas paganas y profanas con asuntos religiosos y espirituales, alrededor del tema del amor y sus impedimentos.

En esta literatura amorosa medieval se destaca la confrontación a los matrimonios de conveniencia, acordados por los padres de los contrayentes a espaldas de estos; aparecen amores adúlteros, bodas secretas y pasiones que desbordan el mandato de la fidelidad matrimonial establecido por los valores religiosos imperantes.

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Así que, evidentemente, la literatura caballeresca refleja también, una propuesta abiertamente herética y subversiva.

Reitero que la literatura del amor cortés significó una clara reivindicación para la condición femenina; si bien la condición civil y política de la mujer continuaría por mucho tiempo subrogada a las decisiones masculinas, con estos movimientos de idealización y metaforización de la mujer, se habrían de iniciar procesos que, muy lentamente, contribuirían a fomentar los intereses emancipatorios de ellas durante el período de génesis de las sociedades burguesas. Esta evolución en la valoración femenina llevaría, sobre el final de la Edad Media, a una dura confrontación entre la forzada concepción eclesiástica, que fijaba a las mujeres exclusivamente connotaciones y valores domésticos, al señalarlas sólo como madres y esposas, y las nuevas dimensiones eróticas y sexuales, redescubiertas al contacto con los árabes, con el paganismo, y muy especialmente, con la literatura clásica que, por supuesto, abriría grandes posibilidades al amor libre y al erotismo sin tapujos.

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